17 de junio de 2014

Entre la confrontación y el goce de acosar



Héctor Gallo

 I 
Las situaciones de crítica y choque que suelen surgir en la escuela durante el recreo o en las clases a la vista del profesor, si bien no hacen parte del comportamiento esperado por los educadores y por ello se consideran causal de un llamado de atención por indisciplina, son homólogas al acoso escolar, pero no tienen la misma estructura y por lo tanto para nada son lo mismo. En la misma fenomenología descriptiva del acoso escolar realizada por los pedagogos que se han ocupado de investigarlo, se dice que las acciones agresivas son calculadas, sistemáticas y siempre se dirigen “hacía el mismo blanco, que no hizo nada para ser atacado”.[1] Dicho blanco tampoco hace nada para dejar de ser atacado, pues una acción a este nivel implicaría una iniciativa que sin duda comporta un peligro: la cuestión a calcular es si el peligro de reaccionar es menor al peligro que se corre diariamente mientras no se haga nada. 

En la definición que se acaba de evocar, vemos la introducción de cuatro elementos: el cálculo anticipado de dañar al otro, la repetición sistemática del daño, la permanencia del objeto al que se dirige la agresión y su indefensión. En esta fenomenología sin duda hay un goce en juego, bastante evidente en el acosador, pero muy oculto en el acosado. Este aparece como si nada tuviera que ver con lo que le sucede, pues el abuso del que es objeto se liga con un rasgo de indefensión: nada hace  para provocar el acoso y menos para defenderse. ¿Cómo explicar que el agresor se vea motivado justamente por aquello que se constituye en un inhibidor para quienes habiendo legitimado una autoridad han integrado la compasión en sus relaciones sociales?

II
Cuando se dice goce, lo que entra a dominar en la relación del agresor con el objeto gozado ya no es la compasión sino la fascinación pasional por dañarlo en tanto aparece colocado en un lugar de debilidad. Esto se presenta bajo el influjo de lo que Lacan denomina en su texto de Criminología “una creciente implicación de las pasiones fundamentales del poder, la posesión y el prestigio, […]”.[2] Se trata de un empuje a someter que aparece colocado al orden del día en los ideales del discurso del capitalismo, empuje que emparenta este modo de organización social con un totalitarismo disfrazado de democracia participativa. Si en el capitalismo de hoy lo común es que todo aquel que asume un lugar de dirección o de poder desacredite la autoridad y viva a un paso de la criminalidad, la proliferación del acoso que por negar la pauta del Otro en el lazo escolar ¿podemos hipotéticamente colocarlo del lado del goce femenino? Eso que insiste y resiste encuentra en esta desacreditación de lo simbólico uno de sus soportes fundamentales. 

La falta de respuesta por parte de la víctima del acoso,  los expertos la explican como un efecto de su fragilidad, indefensión y miedo. El blanco del ataque pasa a ser un proscrito del colectivo por quedar localizado en el lugar del objeto de burla, humillación y acoso. Teniendo en cuenta que el par del niño en la vida escolar, por ser una especie de alter ego fácil de confundir con el ideal del yo tiene un valor cautivador, verse no solo segregado sino también acosado por aquel que de cierta manera le permite situar su relación libidinal con ese mundo escolar, puede tener como efecto ya no saber cómo estructurar su ser en relación a ese lugar en donde transcurre su vida cotidiana.

Dado que el niño ve su ser libidinal “en una reflexión en relación al otro”[3] localizado como ideal del yo, se comprende que al verse acosado se sienta desgraciado y no quiera volver más a la escuela por no saber cómo reconocer sus propios deseos y menos cómo hacerlos reconocer ante los otros. No tener la menor idea acerca de cómo hacer valer lo que quiere, se constituye, a nuestro modo de ver, en la debilidad fundamental del niño acosado.

Desde el punto de vista sociológico, la repetición de las agresiones contra el mismo blanco, se explica por un ejercicio de la fuerza aprovechándose de la  debilidad del otro. Siendo esto indiscutible, dejan sin explicar el aspecto subjetivo del problema, que por no ser visible a primera vista hay que inferirlo. Aquí es cuando tenemos que servirnos de un concepto lacaniano ajeno a la sociología: el concepto de goce.

III
El goce, en tanto se trata de una satisfacción que está más allá del placer de la camaradería, estará encarnado en la escuela por un sujeto que no se presenta sujetado a las representaciones simbólicas que rigen el lazo escolar, sino más bien radicalmente separado de las mismas, como si nada de la normatividad allí vigente lo limitara en tanto no lo representa. Esto  permite afirmar que las tensiones criminales incluidas en la situación escolar se vuelven patógenas, no por el hecho de verificarse una superioridad objetiva del agente y una  fragilidad de la víctima, sino porque a dicha tensión se agrega un goce del cuerpo  asociado al hecho de insistir en mantener a la víctima en un estado permanente de sometimiento.

Del sometido tampoco podemos decir que se ve representado, apenas “podemos afirmar que es a”[4] Del acosador podemos decir que es la ley, se  comporta como si sobre él no hubiera caído la barra del significante que limita su goce. Es por esto que se ensaña en el asedio del otro más débil colocándolo en el lugar de un desecho que está ahí para ser gozado como al Otro le venga en gana.

En el acoso escolar ya no se trata más de una relación fantasmática con el goce que permite mantenerlo relegado a lo imaginario, sino de una relación en la que por intervenir directamente la pulsión “se establece en la dimensión real”.[5] Aquí se trata de la puesta en acto de lo que podría llamarse la otra satisfacción, pues la víctima es reducida a ser un desecho como si de esta manera quien ocupa el lugar del agente pudiera colmarse y ser feliz. Es porque el niño acosador se comporta como si sobre él no hubiera caído la barra de la castración que podemos decir que encarna la anarquía de las pulsiones más elementales, y es así como sus comportamientos, su modo de relacionarse con sus pares en tanto objetos reales de goce, dan cuenta que el medio escolar no está hecho a la medida de todos los niños para que se desenvuelvan felizmente, mantengan entre ellos la distancia conveniente, encuentren allí una guía para la vida y unos significantes que le sirvan de referentes para hacerse  representar.
    
El concepto de goce nos permite diferenciar la estructura de la relación llamada acoso de la rivalidad imaginaria y de la relación Amo–esclavo, tal como es planteada por Hegel. La relación Amo-esclavo, si bien supone una tensión y también implica un temor, éste no se asocia al horror sino al respeto e incluso al amor. Piensen, por ejemplo, en el temor de Dios. El temor de la víctima del acoso es distinta al temor de Dios por parte del creyente, pues  se emparenta con la expectación ansiosa relacionada con la sensación de ser constantemente acechado, sensación caracterizada por lo que denomina Lacan “terrores múltiples”, que evoca un sentimiento multiforme, confuso, de pánico.

El temor de Dios, lejos de fundar el horror por sus constantes malos tratos, dice Lacan que es soporte de la fundación de “una tradición que se remonta a Salomón, es principio de una sabiduría y fundamento del amor a Dios. Y además, esta tradición es precisamente la nuestra”.[6]  Aquí es notable una cierta función restitutiva y por ello no es posible hablar de violencia así intervenga el poder de uno más fuerte sobre otro más débil, pues la violencia en lugar de fundar aniquila, siembra desolación y descompone.

La dimensión positiva del temor a Dios consiste en que, gracias a su poderío, los temores innumerables a los que está expuesto el ser humano, el miedo de todo lo que ocurre, son reemplazados “por el temor de un ser único que no tiene otro medio para manifestar su potencia salvo por lo que es temido tras esos innumerables temores, […]”.[7] Este temor a realizar la erección de un Otro terrible que podría gozar sometiéndolo de forma despiadada sin duda es fuerte en un hombre de fe, pero la ventaja que tiene relacionarse con esa potencia divina está en que, por un lado, “recubre el horror que existe”[8] y, por otro, no excluye el coraje del creyente.

El niño víctima de acoso es común que aparezca excluido del coraje, es alguien sin agallas, sin valentía, pues al parecer no pocas veces prefiere suicidarse “para descansar” en lugar de enfrentarse al riesgo de seguir viviendo. La repetición al infinito del acoso se ve favorecida por esta posición de cobardía, que abarca el campo sexual porque es común que tampoco el niño sumiso que es acosado tenga la menor idea acerca de cómo aproximarse, de cómo hablar a una niña de su misma edad, que precisamente representa ya para él la alteridad.


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La feminización del mundo



La “feminización del mundo”, hemos decidido, como modo de trabajo, tomarla como una hipótesis a demostrar.

¿Cómo definimos la feminización del mundo? ¿A qué nos referimos con esto? ¿Qué consecuencias, tanto sociales como clínicas se derivarían de ello? ¿Qué relación guarda con los goces, los cuerpos, o la posición del analista? Por contraposición: ¿Cómo definimos lo masculino? ¿Cómo ha sido afectado por la supuesta feminización del mundo?

Comenzamos nuestro trabajo fundamentalmente con tres textos: “Conferencia 33ª, La feminidad”,[1] “La partenaire desvanecida”[2]  y “Lo real y el sentido”.[3]

Esto nos permitió comenzar a interrogar la hipótesis de la feminización del mundo en relación a una lógica, la del no-todo, y sus consecuencias sobre los fenómenos de discurso. Algunos conceptos comienzan a ordenarse: La bisexualidad, lo Homo y lo Hétero, la forclusión generalizada, la discordancia entre las lógicas y la decadencia de los nombres del padre, entre otros. Conceptos todos ellos que seguiremos articulando durante nuestro trabajo y de lo cual daremos cuenta en próximas publicaciones.           

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Comunidades de goce, nuevas ideologías y nuevas terapias


Con el nombre de “Comunidades de goce, nuevas ideologías y nuevas terapias”, las jornadas de la NEL en Lima nos convocan al trabajo en un eje temático cuyo argumento expresa:

 “Las formas de goce diferentes al estándar se agrupan en esferas o guetos más allá de lo privado. Una suerte de rechazo generalizado a consentir en hacerse representar por un significante válido ante el Otro, el anhelo de mantener cierta unicidad y de defender cierta originalidad, sumado a lo inasible del goce real,  deja ocasionalmente al sujeto como síntoma del Otro antes que ocupado en su sufrimiento. El uso de tatuajes, ciertas manifestaciones artísticas, la preponderancia de los vínculos virtuales a través del internet, las organizaciones en pandillas o en defensa de un orden allí donde la institucionalidad fracasa, etc., son parte de la serie de manifestaciones que responden a su propio modo, al declive de la autoridad y de la función del padre, y encarnan un goce que no se ordena en el par falo-castración.

Un eje  que nos invita a pensar cómo se presenta el goce femenino en el plano social. Si el mismo encarna, para el psicoanálisis, un más allá de los límites fálicos, nos pone ante la complejidad de lo que Éric Laurent nombra como “comunidades de goce”. ¿Pueden ellas llamarse “comunidades”, cuando el goce es inútil al lazo social? ¿Cuándo ellas, lejos de poner límite al goce, “hacen comunidad” en función del exceso?

Un eje que también nos permite ir más allá, pensar la violencia en los colegios, la relación acosador-acosado, la manera en que las instituciones educativas tropiezan con sus problemas de autoridad y “los chicos pueden sentirse abandonados a sí mismos y a su propia violencia”.[1] Violencia como goce sin límites que lleva, incluso, a las actuales masacres escolares y que le hacen decir al mismo Laurent: “No hemos sabido inventar los rituales apropiados que puedan ayudar a un joven violento a encontrar salidas que no sean autodestructivas o destructivas para los demás”.

Goce sin rostro”, goce opaco, que opera de acuerdo al imperativo superyoico, caprichoso y que, a nivel social, lo vemos funcionando también en intereses políticos, accionado por colectivos que instalan un orden alterno en el seno de una sociedad, cuando el esfuerzo de homogeneizar choca con lo innegable de la disparidad de los goces, produciendo efectos segregativos y de violencia.

Más allá de la diversidad de ejemplos que encontremos en el plano social, este eje nos permite interrogar a las “nuevas ideologías y nuevas terapias”. ¿Qué quiere decir con ello? ¿Se trata de las ideologías basadas en el rechazo del Otro o las que presuponen inscribirse en el Otro? ¿Son ideologías que sostienen a las “nuevas terapias”? ¿Cómo se articulan al goce femenino si, al decir “ideologías” y “terapias”, de alguna manera pretenden cierta inclusión en el Otro, aunque no sea de acuerdo con lo tradicional?

Si tenemos como presupuesto el goce femenino como el lente a través del cual pensar el fenómeno social, ¿es posible pensar una ideología o una terapia que no busquen inscribirse en el Otro? Se tratará de explorar, aquí, de qué alteridad se trata en psicoanálisis.  Y cuál sería la posición del analista respecto a lo femenino, pues no se trata de estar desarticulado del Otro. Una posición que va más allá de de la lógica falo-castración y que nos permite comprender mejor lo que llamamos inconsciente real.


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Los síntomas contemporáneos y el goce femenino




Juan Fernando Pérez

Que se exploren en la Escuela los enlaces existentes entre las dos problemáticas consideradas bajo el título indicado, es decir, entre los síntomas contemporáneos de un lado y el goce femenino del otro, es el objetivo de la Comisión Científica de las Jornadas de Lima al proponer el tema así designado.

Cabe allí una primera pregunta: ¿todos los síntomas contemporáneos ponen en juego el goce femenino? En tanto este goce parece ser ineludible en la experiencia humana, podría por tanto responderse que sí, por definición; que, como en todo síntoma, contemporáneo o no, el goce femenino siempre está en juego. En ese sentido se trata entonces más precisamente de explorar la especificidad contemporánea del goce femenino en los síntomas propios de la época. ¿Cuáles son estos?

Cuando se habla de síntomas propios de la época a menudo se toman como referencia a las adicciones y las toxicomanías. He ahí un campo de trabajo: toxicomanías, adicciones y goce femenino. Y es sabido que cuando se habla de adicciones no solo se trata de aquellas que se producen en función de ciertas substancias tóxicas, sino que éstas se producen a partir de hechos muy diversos: de las cirugías, del juego, de internet y de muchos otros hechos más. Lo que se reconoce en las adicciones, es decir, lo que Miller llamó “el frenesí del no-todo”, esa forma de goce re-iterativa, sin sentido, ¿es lo propio del goce femenino allí presente? Queda así esbozado un campo de trabajo en torno a la temática general propuesta.

En el mismo sentido se propone también, por ejemplo, explorar la histeria contemporánea. La histeria hoy ya no se presenta bajo aquellas modalidades extraordinarias de convulsiones extravagantes, de parálisis, de ciertas formas de desmayos, etc., que interrogaron tanto al siglo XIX y que permitieron a Freud inventar el psicoanálisis, sino que hoy se presentan bajo formas diferentes. Han aparecido nuevas modalidades de la histeria, y la medicina quiere hacer de ellas entidades clínicas independientes. Se habla en esa perspectiva de disautonomía, de fibromialgias, de ataques de pánico, de fatiga crónica y de otros fenómenos en los cuales el goce femenino parece esencial para entender sus lógicas. He allí otro campo de trabajo.

Cortes en el cuerpo, anorexias, delirios discretos y estabilizadores, invasión de la pornografía en el ejercicio de la sexualidad, son, entre otros, ejemplos de los síntomas de la época. ¿Qué función tiene allí el goce femenino?, es la cuestión. Lima seguramente permitirá escuchar algunas respuestas que la NEL propondrá a lo señalado.

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12 de junio de 2014

Homosexualidad y otras sexualidades

Clara M. Holguín
                  
Sabemos que lo femenino es un enigma tanto para el hombre como para la mujer, que interroga ese mas allá del falo, goce del que no se sabe nada. ¿Qué relación entre lo femenino y otras sexualidades? Las distintas formas que la sexualidad ha ido adquiriendo en relación con el Otro social, que aparecen bajo los nombres de gay, lesbianas, queer, el tercer sexo, inter-sexo, entre otras, serán retomadas. También es de interés abordar los efectos de la evolución del abordaje social de la homosexualidad, que va desde la sanción judicial hasta la ley igualitaria, así como la diferencia y/o los puntos de encuentro entre la histeria de hoy y la homosexualidad.

El grupo de trabajo sobre este eje, conformado por Gloria González, Aliana Santana y Marcela Almanza y Clara M. Holguin presentará una serie de “notas” sobre el tema que permitirá diferentes aproximaciones.

Nota 1
La homosexualidad femenina se dirige a lo femenino

¿De qué habla la homosexualidad femenina?, ¿qué nos enseña? ¿No es acaso una contradicción en sí mismo hablar de la conjunción homosexualidad y femenino?
En el texto “Ideas directivas…”, Lacan habla de la homosexual femenina, como aquella que se dirige a lo femenino, a lo hétero: “No es propiamente el objeto incestuoso el que esta escoge a costa de su sexo [….] Lo cual no significa que ella renuncie por ello al suyo: al contrario, en todas las formas, incluso inconscientes, de la homosexualidad femenina, es a la feminidad adonde se dirige el interés supremo”.[i] Ella no renuncia del todo a su sexo, ya que es a la feminidad a la que se dirige. Y termina Lacan preguntándose, si “¿no se podría considerar en el movimiento mas accesible de Las Preciosas el Eros de la homosexualidad femenina, captar la información que transmite, como contraria a la entropía social?” En otras palabras, Lacan propone pensar que el Eros de la homosexualidad femenina, del que da cuenta el movimiento de Las Preciosas, pero también el amor cortés, logra transmitir algo de ese goce Otro, que es contrario a la homosexualidad masculina, en tanto que, la homosexual femenina pone en juego un “amor encarnecido en lo real”[ii].

Es el mismo Freud que tomando como punto de partida el caso de la Joven homosexual, nos hace percatar que el “desafío reemplazado” al padre, como dice Lacan, es la puesta en juego de la exigencia de este amor, que toma las formas paradigmáticas del amor cortés: “se puede divinizar a una mujer dándole lo que no se tiene, investirla de brillo fálico mediante este instrumento: el falo que falta”.[iii]

Este amor encarnecido en lo real da cuenta de un amor a lo Otro, lo hétero, es decir, un amor no engañoso, vacío de objeto, que puede aceptar que no hay objeto que lo complete: Dar lo que no se tiene, es un amor que intenta transmitir algo de ese Otro goce.

Podemos decir que la “homosexual femenina” enseña sobre la dirección que propone el Psicoanlisis, ir contra la versión hommo-sexuada del inconsciente, para apuntar a un mas allá del Edipo, un amor que se acerca al vacío de significación. Sin embargo, sabemos también, como Lacan menciona en el Seminario …o peor que ese Eros en que se sostiene la homosexual, la excluye del discurso psicoanalítico, en tanto no arriesga a tomar el falo como significante y lo que está en juego para el psicoanálisis es, más que restituir el objeto en el lugar de la Cosa,  restituir el objeto en el lugar de la causa.[iv]

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Lo femenino en los fenómenos de masa y el autismo del goce

José Fernando Velásquez

Así como en el siglo XX se reconoció la sexualidad infantil, ahora se ha evidenciado y nombrado en el sentido común de ésta época que “no hay relación sexual”. Ello se traduce en una multitud de fenómenos en el hombre contemporáneo, y en la masa social, que tienen en común algo que llama la atención, la generalización del autismo de goce que permea el modo de vida social.

Lo femenino participa en ello, podemos reconocerlo,  pues de él surge “lo Uno”, lo singular, lo válido para “Uno solo”; lo femenino actúa en una situación sustrayéndose a todo concepto de identidad, porque surge en el acontecimiento, en el encuentro imprevisto. Lo femenino está más cerca de lo Real, más allá del ser y del sentido. J.-A. Miller lo expresa así en su seminario “El ser y el Uno”: “El ser no es lo mismo que existir. Esto cobra fuerza en el Seminario 19 cuando dice “!Hay de lo uno!, pensar el Uno como superior, anterior, independiente respecto al Ser”.[1] “El ser depende del Uno y el Uno es anterior al ser”. (…) “La existencia es unívoca tanto como el ser es equívoco.[2]

Lo femenino es la excepción a la regla, la “potencia-de-no”,[3]  que perfora lo simbólico con su fustigante insistencia sin sentido. Es lo que introduce un disturbio de goce[4] que deja en suspenso la regla lógica y la situación entonces cambia radicalmente. Lo femenino está cerca de lo Real pero no es lo Real porque no está desordenado por completo, no es caótico, aunque intenso y profundamente humano.

Ese goce en su andar esquivo a la ley deja huellas, trazos, cicatrices y en ocasiones ruinas o cadáveres. De este polo de goce proviene la percepción enigmática de un “no-todo” regulado por la ley y el derecho. Ese goce es fuente de  actos más que de pensamientos o sentidos;  de invenciones y movilidad que pueden conjugarse en forma aleatoria como creatividad o estrago. Bajo el arrebato de lo femenino, “pertenecer a…” no es la consecuencia de una identidad sino de una identificación singular que surge en el propio acontecimiento. El goce femenino es una singularidad en razón de su indiferencia en lo que atañe a su pertenencia social. Estas propiedades de lo femenino hacen que sea causa de intolerancia y segregación.

Con la caída de los semblantes fálicos que universalizan la esclavitud del hombre según el modelo del amo, el goce femenino queda al descubierto y más soberano, lo que subraya tres hechos: primero, la pluralidad de lo singular; lo segundo es correlativo a lo primero: eso singular tiene la fuerza de un goce autista; y tercero: es fuente de segregación y violencia de parte del amo. El movimiento de transfiguración contra lo singular y el acontecimiento pasa por varias expresiones: en primer lugar la negación: “no ha pasado nada” del discurso fálico que no reconoce su alteridad. También está algo que Freud reconoció como la “sed de sometimiento”, y su revés, el exterminio de lo excluido, formas del maltrato, los totalitarismos y los campos de concentración. Un camino intermedio y que sirve a dos modelos, al debilitamiento de la singularidad y el sometimiento al amo, es el mecanismo libidinal de la identificación que homogeniza la masa. Masas del tipo de monopolios “ruidosos” y “efímeros”,[5] mediáticos  o políticos; o pequeñas tribus que se aglutinan alrededor de cualquier rasgo que se convierte en conductor.

Estas opciones las previó Freud en “El malestar en el cultura” cuando afirma que el proceso que comienza en relación con el padre, ahora destituido, concluye en relación con la masa.[6]
En el grupo de investigación conformado, al que pertenecen Antonio Aguirre, Mercedes Iglesias, Beatriz García, Tania Aramburu, Giancarla Antezana, Raúl Castañeda, Diego Tirado y José Fernando Velásquez, seguiremos explorando hasta las Jornadas de octubre en Lima esta veta inusitada que nos han insinuado Freud y Lacan.

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3 de junio de 2014

Racismo 2.0

Eric Laurent


“Los debates recientes que han tenido lugar alrededor de la interdicción del espectáculo de Dieudonné hacen resonar de manera muy actual una de las anticipaciones lacanianas sobre la función del psicoanálisis en la civilización. Las últimas palabras del seminario 19, en junio de 1972, apuntan precisamente sobre nuestro porvenir. La salida de la civilización patriarcal le parecía (a Lacan) entonces superada. De la época post-68 zumban aún palabras sobre el fin del poder de los padres y el advenimiento de una sociedad de hermanos, acompañadas del hedonismo feliz de una nueva religión del cuerpo.

Lacan arruina un poco la fiesta añadiendo una consecuencia que entonces no se advertía: Cuando regresamos a la raíz del cuerpo, si revalorizamos la palabra hermano, […] sabed que lo que asciende, que aún no se ha visto hasta sus últimas consecuencias, y que, este, se enraíza en el cuerpo, en la fraternidad del cuerpo, es el racismo. La idolatría del cuerpo tiene consecuencias totalmente distintas que el hedonismo narcisista al cual algunos creían poder limitar esta religión del cuerpo. Anuncian en la modernidad otras figuras de la religión que aquellas de las religiones seculares, como se expresaba Raymond Aron, quien marcaba la época y que suministraba, según él, el opio de los intelectuales.