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21 de septiembre de 2013

Goce, culpa, impunidad - XII Jornadas de la ELP


Lenguaraz Buscón
Antoni Vicens

“Yo, señora, soy del campo freudiano. Mi padre se llamó; no era natural siendo del pueblo del Otro. El Padre lo tenga en el cielo de los nombres. Fue, tal como todos dicen, de oficio castrador, aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de topologías y sastre de goces.
Decían que era de muy buena cepa, y, según él hablablaba, todo iba a Otra parte.”
El Buscón es el pícaro de una vida sin valor, que encuentra todo mal como efecto de lalengua, Witz que se disuelve en la mortificación de la pena: azotes, cárcel, ejecución capital. La pulsión, sin enmarcar, guía al pícaro.
Ninguna culpa, dice un especialista; nihilismo, responde otro; escepticismo, replica un tercero; paganismo, encarece uno más; erasmismo, dice Bataillon (que sabe de qué habla). El más católico lee el nacimiento del mal en la literatura, floreceriente en Baudelaire y escrito por Bataille. Nosotros leemos, en el chiste, la angustia: objeto sin cáscara.
El goce: “Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué güesos y alones, diciendo que ‘del cabrito el huesecito y del ave el aloncito’ y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves.” Del hambre al hablablambre, el goce. Luego queda el decir donde resuena aún el imperativo “¡goza!” que se disolvió en el mismo gozar. No todo, claro, pues quedó el resto quevedesco, aún, todavía, encore, diciendo y cantando el chiste flotante que lo creó.
Para la culpa del pícaro, tomemos la lección quevedesca: que, en el fondo, el pecado no toca la culpa. En esta novela no hay culpa sino por virtud del escribano que la guarda (“no hay cosa que tanto crezca como culpa en poder de escribano”). O por virtud del “músico de culpas”, el pregonero que va clamando: “¡A esta mujer, por ladrona!” Todo viene pues de haber estado en la cárcel: el pícaro es el hombre libre, libre de recaer en prisión; y, si lo hace, es culpable de haberse dejado atrapar. Pero sí, Quevedo, moralista, se disculpa en el último capítulo. Si no escribe más, dice, es por no dar a imitar vicios; si escribió es para avisar a los ignorantes. Con esta artimaña, en la que cayó el presbítero Peralta, censor, crea culpables después de haber gozado.
El Buscón, culminación del pícaro, es el héroe de la impunidad. Si a su padre Clemente Pablo lo hicieron “cuartos”, es decir, lo descuartizaron después de haberlo ahorcado, es porque no pagó nada, ni un ochavo. Si la madre, doña Aldonza, está presa de la Inquisición por bruja, esperando la muerte que le llegará antes de terminar la cuenta de los cuatrocientos azotes que recibirá, el hijo, don Pablos, la redime con una tierna expresión: “la prisioncilla de mama”.
Quevedo describe un mundo en el que todo se mueve en el terreno de la demanda, inmortal. Siguiendo los conceptos con los que Jacques-Alain Miller presentaba recientemente el Seminario VI de Jacques Lacan, El deseo y su interpretación, la pulsión es demanda sin objeto real, toda ella en el circuito del significante: nada natural por tanto, ni instintivo. Luego Lacan introduce un objeto real para el fantasma, lo que sirve al sujeto para construir una defensa contra la Hilflosigkeit, el desamparo fundamental en el que nos deja la oscuridad del deseo del Otro.

El mundo quevedesco del Buscón aparece como el mapa de los circuitos de una pulsión que no quiere saber nada del fantasma. La vida no tiene objeto, parecería, ni ilusión. El goce no parece hacer deseo. Don Pablos se fuga echando la llave por la gatera, sin pagar. Leemos un mundo cruel, extremo del mal; pero sólo hasta que encontramos el objeto real: el brutal ingenio lingüístico del chiste quevedesco. El Buscón se pierde; pero el escritor y el lector devienen Encontrón, criados creadores de lengua, lenguaraces descarados, fulleros del significado, escribidores de ingenios, agudos labradores de letra, descifradores de las cartas marcadas que van y vienen, analistas del goce que hace hablar. En lo crudo. Así nos advierte para concluir: “son infinitas las maulas que te callo.”

Leer más en: XII Jornadas de la ELP

4 de agosto de 2013

Ecos de PIPOL 06

Después del Edipo las mujeres se conjugan EN FUTURO

Ecos de PIPOL 6 

Estimados colegas,

Como ustedes saben, el pasado fin de semana, 6 y 7 de Julio, tuvo lugar en Bruselas el Segundo Congreso Europeo de Psicoanálisis, nuestro PIPOL 6, evento mayor de las Escuelas europeas de la AMP.

El
sábado 6, se realizó la Asamblea General de la Euro Federación de Psicoanálisis que tuvo en esta oportunidad una significación especial: proceder, de acuerdo a los estatutos, a la permutación de la presidencia de la EFP.

Efectivamente
, luego de tres años de infatigable trabajo que hicieron posible dotar a la EFP de una consistencia y de una presencia cada vez más importante en el ámbito europeo, Gil Caroz concluyó su presidencia. Luego, los miembros de la Asamblea General, de acuerdo a la propuesta hecha por el Consejo de la EFP, eligieron por unanimidad al nuevo Presidente, nuestro colega, Jean-Daniel Matet.

En nombre del Consejo de la AMP hago llegar a Gil Caroz nuestras felicitaciones y agradecimiento por su compromiso decidido para el crecimiento y desarrollo de la EFP. A Jean-Daniel Matet nuestra confianza en que su gestión sabrá continuar en esta vía para seguir haciendo de la EFP una fuerza viva para el psicoanálisis de la Orientación lacaniana en Europa.

A continuación, ustedes podrán leer dos textos. El primero, una detallada reseña de lo acontecido en Pipol 6, escrita precisamente por Jean-Daniel Matet. El segundo, una preciosa reflexión de Miquel Bassols suscitada a partir del tema del Congreso y de algunas puntuaciones de Jacques- Alain Miller.
En ambos, podrán apreciar la vivacidad de la elaboración que durante dos días  reunió en Bruselas a más de mil trescientos congresistas que quisieron saber por qué después del Edipo las mujeres se conjugan en futuro.

Leonardo Gorostiza
Presidente AMP
Buenos Aires, 11 de julio de 2013.


Un fin de semana soleado en Bruselas
Jean-Daniel Matet 

Había mucha gente – 1300 personas – en el Palacio de Congresos de Bruselas, llamado Le Square, en ocasión del congreso de la EuroFederación, PIPOL VI, los días 6 y 7 de julio de 2013. La recepción y la preparación minuciosa del equipo del congreso alrededor de Gil Caroz favorecieron el rigor de los intercambios, que no necesitaron prolongarse más allá de una organización del tiempo muy precisa.
El sábado, en diez salas múltiples, los 120 intervinientes provenientes de diversos países de la EuroFederación y de la AMP (Alemania, Argentina, Bélgica [Bruselas, Flandres y Wallonie], Brasil, Bulgaria, Canadá, Dinamarca, España, Finlandia, Polonia, Rusia, Suiza) ofrecieron un panorama de las prácticas clínicas, en las instituciones o en la consulta del psicoanalista. Cada secuencia, de una hora, con un presidente y un discutidor, fueron la ocasión de debatir dos textos sobre temas muy variados (en italiano, español, francés, flamenco e inglés). La orientación general venía dada por el título «El caso, la institución y mi experiencia del psicoanálisis». Unos intentaban atrapar en la lógica de la cura los efectos sobre el síntoma, el goce y la interpretación, consecuencias de esta evolución de las relaciones de lo masculino y lo femenino. Los otros testimoniaron de estas consecuencias en la clínica institucional, considerada siempre a partir del caso por caso así como de las instituciones mismas, su estructura y su modo de funcionamiento.
El domingo, los trabajos se concentraron en la sala plenaria, con traducción simultánea de calidad, para acercarse a las evoluciones de las formas del deseo y del goce marcadas por una extensión de lo femenino. De entrada, la opertura a cargo de la Vice-Presidenta del Parlamente europeo, Isabelle Durant, que supo decir con precisión su interés por los trabajos de este congreso, susceptibles de traducir lo que ella observaba en la vida política de Europa, sus resistencias y sus esperanzas en cuanto al lugar ocupado por las mujeres en los modos de la vida contemporáneos. El presidente de la EuroFederación, Gil Caroz, que la acogió, encontró el momento de transmitirle el sentimiento compartido de un lazo amistoso, a través de los combates llevados a cabo desde el Forum de las mujeres, en París 2010. El presidente de la AMP, Leonardo Gorostiza, introdujo los trabajos recordando las orientaciones dadas por Jacques-Alain Miller a través de la enseñanza de Lacan.
Los enfoques precisos sobre la clínica después del Edipo, a través de la clínica femenina (Éric Laurent), el declive de la psiquiatría (Miquel Bassols), y la institución, cuando hace un lugar a lo femenino (Alexandre Stevens), fueron aportados en la primera secuencia.
Bajo el título «Acciones lacanianas», las iniciativas originales de tres mujeres – en Moscú, Yulia Akhtyamova; en París, Mireille Battut con La Main à l’oreille; en Bélgica, Nathalie Laceur, a través del peritaje orientado por la clínica lacaniana en un juicio – que mostró su determinación a la hora de desplazar los discursos convencionales, tomando apoyo en su propia experiencia del psicoanálisis.
La invitada de la secuencia siguiente, que se ausentó por razones de fuerza mayor, fue animada por Lilia Mahjoub y Jacques-Alain Miller, y dio paso a Clotilde Leguil y Ben Verzele, que mostraron el vínculo que se estableció entre el control del analizante y sus intervenciones en casos recibidos en institución. Ante el riesgo de no escuchar más que el eco de los efectos sobre el analista del encuentro con el paciente, acento de contratransferencia, Jacques-Alain Miller hizo notar para el futuro la exigencia de ir «a fondo en la estructura» en el análisis de un caso.
La tarde empezó con una esperada intervención de Mitra Kadivar, dos semanas después de su paso por París, que reconstruyó su recorrido en Teherán para hacer existir el texto freudiano y transmitir su entusiasmo por su traducción al persa. A partir del título que ella escogió, «Una magnífica autosuficiencia», mostró los obstáculos encontrados en su camino y el sostén que encontró en Jacques-Alain Miller, en las Escuelas de la AMP, pero también su determinación salvaje, no sin la perspectiva humorística que le dio su formación analítica, para conseguir transmitir la sal corrosiva del mensaje freudiano en la sociedad iraní de su tiempo.
Haciéndose eco de sus publicaciones recientes, Mercedes de Francisco, Philippe Hellebois y Stella Harrison, hicieron resonar figuras de lo femenino contemporáneo («Mujeres hipermodernas») a través de la literatura sobre «El amor a lo femenino», «Las escandalosas», «News sobre la homosexualidad femenina».
La última secuencia, Travesías femeninas, dio la palabra a cuatro AE - Hélène Bonnaud, Paola Bolgiani, Guy Briole, Araceli Fuentes — que supieron transmitirnos lo que, en sus análisis, había sido desplazado en la relación con el cuerpo y con la madre.
Jacques –Alain Miller, en un comentario de algunos pasajes del Seminario VI de Lacan, recientemente publicado, El deseo y su interpretación, mostró la mutación esbozada por Lacan sobre el lugar del Otro del lenguaje y el estatuto del objeto, referido todavía a la imagen, pero anticipando su estatuto real a través de la fórmula del fantasma introducida en el grafo. La novedad de su lectura nos vuelve más impacientes de la reanudación de su curso en el que estos comentarios serán desarrollados.
Gil Caroz concluyó brevemente estos dos intensos días de congreso con agradecimientos a los numerosos miembros del equipo de organización que aseguraron de manera impecable su desarrollo. Él mismo fue largamente aplaudido por el trabajo llevado a cabo durante tres años en la presidencia de la EuroFederación, antes de pasar la mano a su sucesor, Jean-Daniel Matet, escogido por la Asamblea general durante la víspera.
La acogida y la buena convivencia de los colegas belgas, con una copa el viernes por la tarde, reforzaron el affectio societatis, que culminó en la fiesta del sábado en ese admirable lugar que es el Albert Hall, y dieron a este congreso un caluroso ambiente de trabajo.
9 de julio de 2013

16 de julio de 2013

Alegoría del amor y del tiempo

PIPOL NEWS 61
Alegoría del Amor y del Tiempo
Miquel Bassols

Pipol 6 ha marcado un nuevo giro en la serie Pipol. Esta vez el giro se ha hecho especialmente presente en el desplazamiento del tema que se fue produciendo durante el tiempo previo al Congreso: desde “El caso, la institución, y mi experiencia del psicoanálisis”, hacia “Después del Edipo las mujeres se conjugan en futuro”. Gil Caroz fue marcando las escansiones de este desplazamiento de manera tan oportuna como precisa hasta el momento Pipol 6 de este pasado fin de semana. 

¿De qué se ha tratado en realidad en este desplazamiento y en estas escansiones? De varios registros, y muy especialmente del lugar que la propia experiencia analítica ha tenido y sigue teniendo en la posición de cada analista, en el uso que éste hace de la transferencia en cada análisis que conduce, también en el modo en que sitúa los efectos que cada caso produce en él. Pero, tal como señaló Jacques-Alain Miller en una de las sesiones plenarias, tenemos razones para preguntarnos “qué diferencia esta manera de exponer el propio análisis en provecho de un caso, de lo que se practica en el psicoanálisis bajo el nombre de contra-transferencia”. La contra-transferencia, —esa “impropiedad conceptual” al decir de Jacques Lacan en “La dirección de la cura…”—, es en efecto el modo en que el analista queda empantanado en la experiencia con la reciprocidad de los afectos, de las pasiones y de los caprichos del Yo, de sus prejuicios en definitiva, todo ello en una dimisión del deseo del analista, deseo que va precisamente a contracorriente de esta inercia, deseo que se supone que ha podido atravesar los velos recíprocos de los afectos. Es el riesgo que corre cada vez que el analista habla como sujeto de una experiencia en la que nunca está como sujeto sino en función de objeto. Para hacerlo sólo tiene una salida que es en realidad una entrada indicada en la continuación del comentario citado por Jacques-Alain Miller: “para alcanzar lo real, el analista debe ir hasta el fondo en el registro de la estructura, no en el sentido de sus caprichos”. 

El registro de la estructura no es otro que el deseo mismo puesto en acto como interpretación. Y de esta puesta en acto no hay sujeto previo ni posterior que pueda decir “Yo”, sólo sus efectos en un sujeto que no puede situarse ya de manera recíproca al Otro en la transferencia. Es lo que Lacan pudo deducir al afirmar: “no hay transferencia de la transferencia”, del mismo modo que no hay “lo verdadero acerca de lo verdadero” (ver su “Reseña de enseñanza” de “El acto psicoanalítico”). Lo que podría dejar al analista en una posición más bien incómoda, o también a veces de buscada y beneficiosa ambigüedad, si no fuera porque él mismo debe haber hecho la experiencia de los engaños del amor de transferencia, en lo que muy bien debemos situar como un uso de la transferencia después del Edipo. Es decir, un uso del amor de transferencia que no dependa del Nombre del Padre como supuesto Otro del Otro, principio de la impropiedad conceptual de la contra-transferencia. Este nuevo uso lo sitúa —la observación volvió varias veces en el transcurso del Congreso— en una posición más bien femenina.

¿Pero no es eso también lo que descubrimos, como una carta demasiado a la vista de todos, en la preciosa portada del Seminario VI de Jacques Lacan sobre “El deseo y su interpretación”? El famoso cuadro del Bronzino (Agnolo di Cosimo), titulado a veces “El triunfo de Venus”, a veces “Alegoría del amor y del tiempo”, sigue guardando ese enigma, entre incómodo y ambiguo, de la posición femenina en el amor. Y lo sigue guardando a pesar de —o más bien, como señaló el propio Jacques-Alain Miller, precisamente por— ilustrar el desvelamiento mismo de la interpretación. El biógrafo del Bronzino lo describe del siguiente modo:“Ha hecho una pintura de singular belleza que ha sido enviada al rey Francisco de Francia; en ella se ve a Venus desnuda con Cupido besándola; y en el otro lado el Placer y el Juego con varios Amores; en el otro, el Fraude, los Celos y otras pasiones del Amor". Cada personaje del cuadro, máscaras incluidas, muestra algún rasgo de equívoca ambigüedad sabiamente dosificado por el pintor: el propio Cupido con su cuerpo entre masculino y femenino, evocando a la vez un incesto con su madre Venus. O el gesto de cada uno a escondidas del otro: Cupido intentando quitarle la diadema a Venus, Venus la flecha del amor —o del odio— a Cupido. Y así con cada una de las otras figuras, tal como van desfilando en el precioso comentario que Erwin Panofsky hizo del cuadro. 

En el juego de judo que el amor mantiene con el goce, donde no hay ya reciprocidad posible del sujeto con el Otro, es la interpretación, encarnada en el cuadro por el gesto del Tiempo manteniendo el velo levantado sobre la escena, la que decide el lugar del objeto en la estructura. Y es un lugar siempre marcado por la posición femenina, tan Otra para sí misma como imposible de hacerse recíproca para nadie.   


Barcelona, 10 de julio de 2013