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23 de septiembre de 2013

"La videocámara más difícil de desinstalar es la que se nos ha metido dentro"

Entrevista con Gustavo Dessal

Por Pablo E. Chacón
Agencia Nacional de Noticias Télam
18.09.2013

T: ¿En qué dirección pensar algunas conjeturas para el psicoanálisis en el siglo XXI?
D: Ayer por la noche una colega de nuestra Escuela dictó una magnífica conferencia sobre el deseo. Resulta muy interesante volver de tanto en tanto a revisar los conceptos clásicos, fundamentales del psicoanálisis, una buena ocasión para encontrar algo nuevo, especialmente si hacemos el esfuerzo de situarnos en la contemporaneidad que nos toca vivir.
 
El deseo. Todo un clásico del psicoanálisis, y que Lacan, incluso a pesar de su teoría del goce, no olvidó jamás. ¿Cómo pensar el problema del deseo en el siglo XXI? Algo salta a la vista, que no podemos pasar por alto. Tanto Freud como Lacan definieron el deseo como inconsciente e insatisfecho. Hoy en día, estos dos términos tropiezan con el obstáculo de un discurso que se confabula en su contra. Por una parte, la sociedad de la transparencia ve con muy malos ojos (¡valga la metáfora!) que algo pueda ser invisible.
 
El inconsciente ya no despierta en la actualidad el sentimiento de ofensa narcisista del que hablaba Freud en Las resistencias al psicoanálisis. Nadie es hoy en día tan necio como para creer que la conciencia sea capaz de agotar la gigantesca y compleja actividad que supone la vida mental. Hasta el más mediocre neurocientífico sabe eso. Otra cosa es aceptar que el deseo no puede hacerse visible ni por la palabra ni por las imágenes cerebrales; que el deseo humano solo puede vivir si no se ataca su derecho al misterio y al medio decir. 
 
Por otra parte, tenemos el bendito asunto de la insatisfacción, palabra de la que actualmente nadie quiere siquiera oír hablar. ¿Insatisfacción? Eso hiere mucho más la sensibilidad contemporánea que las observaciones de Freud sobre la sexualidad en la Viena de principios del siglo pasado. En El malestar en la cultura, texto de 1930, la civilización se define por aquello que es capaz de limitar y de inhibir. Hoy día es todo lo contrario: vivimos en la cultura de la satisfacción, que se exige rotunda, inmediata, absoluta.
 
Ello no significa que sea posible, sino que la desdicha que esa imposibilidad genera se ha vuelto definitivamente insoportable. Vivimos en un estado de la civilización que propicia la cobardía moral, y que ha degradado la falta fecunda del deseo, lo que Freud llamaba la pulsión de vida. Thanatos no ha nacido en el siglo XXI, pero actualmente está más contento que nunca con las condiciones tan ventajosas en la que puede ejercer su viejo oficio.
 
T: ¿Por qué crees que hay tantas personas que eligen otros modos de tratar su malestar? El psicoanálisis no creo que esté reservado sólo a una elite que hará o no el pase. Incluyo a la religión entre esos otros modos.
D: Desde luego, existen muchas formas de abordar el malestar humano. La religión ha sido (y continúa siendo) un método por excelencia. A título personal, estoy tan convencido de la potencia del método analítico que no necesito aplicarme a la crítica feroz que otros colegas dedican a las múltiples terapias que existen. En primer lugar, porque Lacan nos enseñó que el secreto reside en saber cómo actuar con el propio ser.
 
Muchos psicoanalistas no lo consiguen, y a veces algunos psicoterapeutas sí. Por lo tanto, cuando recibo a un paciente que proviene de alguna experiencia terapéutica anterior, no investigo ni el método, ni la corriente del tratamiento que ha realizado. Prefiero preguntarle qué es lo que aprendió en dicha experiencia. La respuesta me resulta más instructiva que conocer el modo en que la ha alcanzado.
 
Y desde luego, el psicoanálisis no está reservado para ninguna elite. En primer lugar, porque el deseo de saber no existe para nadie, y si acaso logramos hacer surgir una pequeña chispa, esta puede darse en un aristócrata o en un cartonero. Y no debemos desdeñar la religión, que a mucha gente le aporta un sostén fundamental en la vida. ¿Con qué derecho habríamos de oponernos a que existan algunas personas que se dediquen a salvar almas? Los psicoanalistas deberían preocuparse más por no sucumbir a esa misma tentación, y sobre todo a no contribuir a que sus instituciones se parezcan demasiado a la Iglesia. Y subrayo lo de demasiado. Pretender que no se parezcan en nada ya está visto que es imposible...
 
T: Al respecto, Lacan, si entendí bien, forjó, alguna vez, una ley de hierro: psicoanálisis o religión. En ese caso, la religión gana por robo.
D: Lacan era lo suficientemente astuto como para comprender que el verdadero ateísmo es algo muy difícil de obtener. Creer que por definición el pase nos librará de la creencia religiosa es una ingenuidad. Podría ser hasta divertida si no fuese porque no tiene gracia.
 
T: Si el psicoanálisis es una experiencia del ser, ¿están los psicoanalistas, los que se nombran así, a la altura de semejante desafío? Consideremos la cantidad de repeticiones y habladurías que se escuchan en un congreso, las cantidades que ignoran que la escritura de William Faulkner también es una experiencia del ser.
D: Sin duda, un psicoanálisis es una experiencia del ser. Eso es inobjetable. Claro que no es la única, desde luego. No estoy muy seguro de que los analistas suelan frecuentar a Faulkner. Si lo hicieran probablemente analizarían mucho mejor a sus pacientes. Muchos escritores me han ayudado a entender algunos de mis casos bastante mejor que lo que a veces me aportan los locos literarios, como ironizaba Lacan respecto de la literatura analítica. Pero ¡ojo!, sin olvidar el deber de la supervisión, y desde luego el principio de los principios: el propio análisis.  
 
Tu comentario encierra además un dilema muy grave, y hasta cierto punto insoluble. La soledad del analista suele conducirlo al delirio. En el extremo opuesto, la comunión con sus compañeros de partido, produce en demasiadas ocasiones efectos de identificación que estrangulan los postulados éticos del psicoanálisis. Puesto a elegir entre un psicoanalista delirante, o un delirio psicoanalítico entre varios, necesito pensarlo un buen rato.
 
T: Los psicoanalistas lacanianos no quieren adaptarse, ni renunciar a sus principios, estructuralmente es una práctica refractaria al poder. ¿Cómo entender entonces que en la AMP no esté más Colette Soler, Stuart Schneiderman, Slavoj Zizek, Jean Allouch? ¿O no son lacanianos?
D: Bueno, que el psicoanálisis sea una práctica refractaria al poder..., suena muy bien. Lacan inicia su escrito La dirección de la cura diciendo que el poder que los analistas quieren ejercer traduce una impotencia para sostener una práctica verdadera. Si empezó de este modo, es porque sabía que el poder no está en absoluto reñido con la práctica analítica, o al menos con los analistas. Como lo decía él con su habitual acidez: mirémonos a las caras.
 
¿De verdad podemos creer que estamos hechos de otra pasta? Por otra parte, la ausencia de esos nombres en la AMP responde a vicisitudes e historias que desconozco en detalle, y que además no puede explicarse en virtud de una fórmula general. De todos modos, nunca ha sido fácil que varios amos convivan bajo un mismo techo. ¿Por qué habría de serlo bajo el techo del psicoanálisis?
 
T: Algo incurable habita al ser hablante. En tiempos de vigilancia global, policía, fundamentalismo, disolución de lo público y lo privado, ¿cuál pensás qué es el estatuto de la intimidad frente a esa invasión?, ¿cómo decir no en un mundo que obliga todo el tiempo a decir ?
D: Los esclavos romanos solían llevar un cartel colgado del cuello que decía: Tenemene fucia et revo cameadomnum et viventium in aracallisti, o sea: Detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño. Claro que en esa época no había cámaras de videovigilancia. Ahora lo tenemos un poco más difícil, y no necesitamos llevar ese cartelito para que nos devuelvan a nuestro dueño. Peor aún: nos devolvemos solos, sin que nadie nos lleve. Después de todo, en eso consiste el discurso rayado del que hablaba Lacan.
 
Tu pregunta me evoca el eterno problema del superyo: Freud creyó al principio que era el policía que soplaba el silbato y nos hacía ¡No! con el dedo. Al final de su obra se dio cuenta de que era al revés, y eso Lacan lo pescó al vuelo. Es el policía, desde luego, pero uno muy especial, porque nos incita a decir que sí. Sí al goce. Más que una incitación, es un mandato. Como lo dice Zygmunt Bauman: ser hoy un buen ciudadano es cumplir con los deberes del shopping game. El psicoanálisis descubrió una cosa muy interesante: el no es una invención del padre. No ser loco consiste en decir  al no paterno.
 
Pero en el siglo XXI las reglas del juego han cambiado. Se puede decir  ¡no! al no paterno, hacerle pito catalán, y sin embargo no estar completamente loco. Hay síntomas con los que uno se puede arreglar para solventar ese problema. El neurótico suele quejarse (y es un motivo frecuente para consultar a un analista) de que no sabe decir que no, que con tal de sentirse amado es capaz de soportar cualquier cosa. Va a necesitar un tiempito para comprender que soportar cualquier cosa es un goce que puede rozar el éxtasis, y que debe librarse de ese goce, y no del Otro al que procura complacer. La videocámara más difícil de desactivar es la que se nos ha instalado adentro. Para que se le agote la batería, hay que usar mucho el diván. 

14 de septiembre de 2013


Psicoanalistas replican notas del Grupo Clarín

Un grupo de psicoanalistas argentinos y franceses respondieron a dos notas aparecidas ayer en la revista Ñ, suplemento cultural del diario Clarín, donde se asegura que en los tiempos que corren se hace necesario salir de los consultorios y ofrecer respuestas rápidas al malestar que estaría sofocando a las personas que solicitan tratamiento.

TELAM 07.09.2013
Pablo E. Chacón

Bajo el genérico El malestar del psicoanálisis, se esconde Con y sin Freud: el mapa de las “otras” psicoterapias y un reportaje al médico psiquiatra Luis Hornstein, donde se siguen las directrices de El libro negro del psicoanálisis, se acusa a los analistas de vivir encerrados en sus gabinetes y se promueve un libro del ensayista francés Michel Onfray, quien construye la figura de un Freud falsario, estragado por la envidia y la ambición.

En diálogo con Télam desde Madrid, el psicoanalista argentino Gustavo Dessal fue taxativo: “No añadiré ni una palabra a las tonterías de Michel Onfray. Siempre han existido canallas que se hacen un nombre y se embolsan un buen dinero dedicándose a la denigración de un intelectual, un artista o un científico”.

“Me interesa más la cuestión de que el psicoanálisis se desentiende de la realidad social o se aísla en su consultorio, afirmaciones tan estúpidas como acusar a un cirujano de operar en un quirófano en lugar de hacerlo en las pizzerías, que son más populares. Respeto otras modalidades terapéuticas, en la medida en que sean ejercidas de manera honesta, aunque su supuesta velocidad en la resolución de los problemas es más que discutible, no tanto por los propios psicoanalistas como por los mismos pacientes”.

Y agrega: “todavía existen muchas personas que sostienen la ilusión religiosa de que el psicoanálisis debería resolver los problemas de la humanidad, y que si no lo hace, es debido a que da la espalda a la realidad, concepto no sólo absolutamente abstracto, sino impracticable. Atender a alguien afectado por la caída de las Torres Gemelas no es prestar atención a la realidad, puesto que el psicoanálisis no se ocupa de los motivos por los cuales Al Qaeda cometió el atentando, o la relación entre la caída del Muro de Berlín y el nuevo terrorismo internacional. (El psicoanálisis) se dedica a investigar cómo alguien puede ser afectado por un hecho que, con independencia de su realidad fáctica, produce un determinado efecto en un sujeto debido al modo en que ha sido procesado en su inconsciente, dando lugar a distintos síntomas”.

En Madrid, “cuando hace diez años tuvo lugar el atentado de Atocha, los psicoanalistas nos organizamos para brindar ayuda gratuita a los afectados, y esa experiencia nos permitió aprender muchas cosas sobre cómo intervenir en situaciones de máxima urgencia. En su texto El porvenir de la terapia analítica, pronunciado hace más de 100 años, Freud apostó por la necesidad de que el psicoanálisis pudiera acceder a las clases sociales no acomodadas, y que su acción se extendiese a diversos ámbitos sociales. Desde entonces, el psicoanálisis no ha dejado de hacerse oír en todos los espacios donde el sufrimiento psíquico está en juego: las instituciones de salud mental, educativas, culturales. Tal vez la mejor prueba de la proximidad que el psicoanálisis ha tenido con el mundo, es el hecho indiscutible de que su discurso cambió la historia de Occidente, tal vez mucho más y de forma más duradera que el marxismo.

“Actualmente, España está sumida en una grave catástrofe económica y un serio retroceso político, debido a la dictadura encubierta que padece. Eso, como es lógico, se traduce en el malestar que padece una gran parte de la población. Los críticos contra el psicoanálisis creen que se trata de una terapia milagrosa, y se molestan cuando descubren que lamentablemente no resuelve el problema de la desocupación ni evita la corrupción política. A esas voces críticas hay que agradecerles la inmensa idealización que han hecho de nosotros pero aclararles que no somos los dioses que esperaban, ni lo seremos nunca. Nuestro compromiso está con las personas que tienen síntomas, es decir, padecen de algo que les afecta su vida. Eso puede haber sido desencadenado por una ruptura sentimental, la muerte de un ser querido, la pérdida de empleo, el accidente de tren en la estación de Once, el atentado de la AMIA o la enfermedad de mi perro”.

Claro que “tirar piedras al psicoanálisis es un entretenimiento al que se suman muchos medios de comunicación, los lobbies farmacéuticos, algunos intelectuales lo suficientemente mediocres como para no saber inventarse algo mejor a fin de que su nombre figure en alguna parte, y también -por qué no- pacientes a los que no le hemos podido resolver sus esperanzas. Prefiero no evocar la época de mi formación universitaria en la Facultad de Psicología, cuando tras el retorno de Perón, algunas cátedras consideraron que devolver el psicoanálisis al pueblo consistía en llevarnos a los alumnos al Parque Chababuco o Lezama para que la gente de las villas miseria dibujara a sus familias. Por supuesto, jamás volvíamos a ver a ninguna de esas personas, pero los profesores se sentían muy orgullosos de su labor social"

En la misma dirección apuntó la joven analista Luján Iuale: “La crítica al psicoanálisis surgió con el psicoanálisis mismo. La padeció Freud en su momento, teniendo que enfrentar los dogmatismos de la época victoriana, y también Lacan cuando decidió correrse del statuo quo de la IPA. Es cierto que siempre podrán surgir teorías que intenten explicar y abordar los problemas del hombre, pero hoy más que nunca un psicoanalista puede estar a la altura de la época, si hace lo que sabe hacer: escuchar el dolor del otro. En un mundo donde todo parece reducirse a conexiones neuronales, el psicoanálisis sigue apostando a alojar los modos particulares en que los cuerpos son afectados. Un psicoanalista, hoy, no es sinónimo de silencio ni de diván. Para saber de qué estamos hablando, basta con enterarse del trabajo que muchos sostienen en centros de atención de niños maltratados, dispositivos de atención primaria, urgencias, etcétera".

La analista francesa Agnés Aflalo, autora de El intento de asesinato del psicoanálisis, dijo a esta agencia desde París que “la cultura de la evaluación (la llamada ciencia estadística) retorna con fuerza cada vez que existen conflictos políticos. Con el imperativo de atender a imperativos presupuestarios, sólo concibe gobernar a los humanos como productos industriales. Es imposible evitar pensar que el triunfo de la evaluación aseguraría el control de la formación psi. Y después, liquidar al lacanismo, que es lo que está verdaderamente en juego”.

Enrique Acuña, psicoanalista porteño que trabaja en La Plata, historiza: “Después de diciembre de 2001, aparecieron las interpretaciones desde el campo psi a los estallidos sociales. Hay cierto lenguaje psicologista que nombra el acontecimiento dando una explicación que conduce a disculpar a los agentes sociales. Las crisis causan un llamado a los significantes amos que organizan lo social. Se opera con una domesticación de la angustia creando la figura de la víctima, el perjudicado, que haría sus bodas con el buen prestador que ofrece el mercado”, asegura. Y suma: “Es el auge de una metáfora jurídica -nuevas leyes- sobre lo que antes era el campo de la salud mental. Se sueña que con los nombres de un diagnóstico se podría encontrar una vía de reconocimiento del que sufre, de modo que las terapias rápidas neutralizan lo inconsciente como una política del deseo (de cada uno) de nominar su síntoma. La solución pragmática en las que caen los mismos analistas huyendo del psicoanálisis para estar a la altura de las evaluaciones, es un retorno a lo anterior, a rasgos de la cultura de lo trágico. El psicoanálisis es otra cosa, si entendemos que cuando alguien se responsabiliza de lo que dice puede inventar nuevas identificaciones, un detalle del Otro que la masa velaba”.

Argentina y psicoanalista también, Gabriela Grinbaum aseguró que “el psicoanálisis cura la fatalidad de un destino y esa es la marca que lo vuelve absolutamente ético. No se trata, lo dijo Freud en Análisis terminable interminable, de la cura según el campo de la medicina, que implica volver al estado previo al de enfermar. Para los psicoanalistas, la cura es volver a un estado que nunca preexistió. Y dado que el goce no es negativizable, se trata finalmente de andar bastante mejor, haciendo uso de la contingencia del trauma”.

Finalmente, José Ioskyn precisó que las notas en cuestión no eran “ataques frontales” sino que estaban “disfrazadas de una supuesta neutralidad. En rigor, están apoyadas en bibliografía y datos para extraer conclusiones falsas. Por ejemplo, la asociación entre patología mental y pobreza no es un dato certificado, es un supuesto ideológico. El psicoanálisis es la única terapéutica que se ha preocupado por lo social y lo político; sus teóricos siempre se han dedicado a ese aspecto. Freud y su explicación de la neurosis por la represión social, su preocupación por extender el psicoanálisis a las masas, la interdependencia entre malestar en la cultura y neurosis. (Wilfred) Bion y otros ingleses, constituyendo un campo grupal para tratar las neurosis provocadas por la segunda guerra mundial. Lacan mismo, su idea de que la neurosis es lo social, que el analista debe estar a la altura de la subjetividad de su época, y la teorización, a fines de los 70, de la teoría de los discursos y del lazo social, en la cual quedan anudadas la subjetividad y los discursos sociales. Es decir, no hay manera de entrarle al psicoanálisis por el hecho de ser básicamente una práctica de consultorio.

En los 70, en la Argentina, algunos psicoanalistas crearon dispositivos grupales para paliar la demanda desbordante en los hospitales públicos. Anudaron el psicodrama de Moreno y las técnicas grupales para generar psicoterapia de grupo. Y en la actualidad, está casi todo el mundo cubierto de sistemas de atención gratuitos o muy económicos, de iniciativa privada, como Pausa, la Red de la EOL, los CPCT en Europa. En La Plata, a raíz de la inundación, por ejemplo, hubo múltiples ofertas de atención gratuita para damnificados y a los diez días de la tragedia, salió un número especial de la revista Cita en las diagonales, donde psicoanalistas escribieron sobre el hecho. Que yo sepa, ninguna otra psicoterapia se ha ocupado de nada”, concluyó.

La evaluación y el cientificismo cognitivo-conductual no sólo infiltran y destruyen los saberes sino que son ductos privilegiados de los laboratorios farmacéuticos y de ciertas políticas de disciplinamiento y control social que -se sepa o no se sepa- se montan a los discursos dominantes, la biopolítica y la psiquiatría epidemiológica, vectores de una mercantilización que nada tiene de ecuménica sino de objeto teórico que por su eficacia inmediatista es susceptible de arrogarse una acción que nunca deja de retornar, y que se nombra como lo que es: mala fe.