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13 de febrero de 2014

Latigazo 03

"Dalila Arpin (ECF-Paris) y Raquel Cors Ulloa (NEL-Santiago de Chile) me han avisado hoy que iban a trabajar juntas.

Para sostener ese proyecto, yo decido lanzar a título experimental, dentro del Institut Lacan/Instituto Lacan, 
The LAcanian Transatlántica de InvestiGaciOn (LATIGO)"

Jacques-Alain Miller
Paris 14 de Febrero de 2013

Boletín Latigazo Nº 3
Febrero de 2014
Editorial
Dalila Arpin
Psicoanalista. Miembro de la ECF y de LÁTIGO

Paris - Francia
En este tercer número de Latigazo,  encontrarán la primera parte de un texto de Eric Laurent de gran actualidad: la crisis del DSM. Él nos libra los resultados de una profunda investigación que llevó a cabo tanto del lado de los “iniciados” – especialistas que contribuyeron a la elaboración de este manual de diagnóstico- como de epistemólogos, con respecto al DSM. Los primeros dan cuenta de las condiciones objetivas que han rodeado los estudios científicos y la redacción del documento, siendo que los segundos, develan tanto los fundamentos filosóficos y la lógica oculta de la DSM como los resortes de su crisis: What went wrong ?

De su lectura de los trabajos de Allen Frances, que, como el texto lo recuerda, se formó como psicoanalista en el seno del Columbia Institut, Eric Laurent destaca al mismo tiempo un síntoma contemporáneo: "A medida que nuestro mundo está cada vez más globalizado y homogeneizado, también disminuye nuestra tolerancia respecto a la excentricidad o la diferencia, que de repente tendemos a medicalizar. Esta tendencia hacia la normalización de la conducta no significa que estemos más enfermos que antaño." Intolerancia que puede tomar otras formas, como el racismo, por ejemplo. Esto resuena en forma particular en nuestros días, en que una polémica ha sido objeto de debate en torno a los espectáculos del humorista Dieudonné, virulentamente antisemitas, prohibidos recientemente por el Ministro del Interior, Manuel Valls[1].

Leerán luego en este número la reflexión de Carlos Motta, psicoanalista de la EOL y miembro de Látigo, sobre un film documental de Louis Malle, citado por Lacan. El realizador, al filmar los fragmentos de real en Calcutta, “da en el blanco”, como dice Lacan. En efecto, cuando se va a la India, uno no puede dejar de sorprenderse por el impacto de ciertas situaciones: gente que, no solamente vive en la calle, sino que se hacen arrancar dientes, niños mutilados a propósito para obtener una limosna, discapacitados de todas clases que recorren las calles, hambrientos, en busca de algunas rupias, constituyendo verdaderas encarnaciones de la “miseria humana”. La gestión de Louis Malle se ubica, de este modo, lo más cerca posible de lo real y, en este sentido, está en línea directa con lo real en el siglo XXI, el tema del Congreso de la AMP, de este año. Esta nos recuerda, como lo dice Carlos Motta, que a lo real hay que hacerse, soportarlo y podríamos agregar, habituarse, como dice Lacan[2]. Carlos Motta postula que lo simbólico puede circunscribir el triunfo de lo imaginario. En tanto que psicoanalistas, estamos entonces concernidos por las manifestaciones de los fragmentos de lo real, que van del hambre a la privación de la libertad. Es así que encontrarán, para terminar, la entrevista realizada por Raquel Cors y Heidi Gehler, miembros de Látigo, a Samuel Doria Medina, hombre político y empresario boliviano, secuestrado por el Movimiento Túpac Katari de Liberación  (MRTKL) en 1995, durante un mes y medio.

Samuel Doria Medina habla de un tema tabú: la negociación con los secuestradores y la manera de servirse de esta gestión para desalentar los secuestros. Su testimonio rinde cuenta, igualmente, de un punto preciso: aceptar la muerte, luego de haber sido secuestrado, le permitió restablecer  “la juntura más intima del sentimiento de la vida”[3].

A ustedes, lectores de Latigazo, de descubrir este número apasionante que aparece para festejar el primer cumpleaños de Látigo!
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La crisis post-DSM y el psicoanálisis
Eric Laurent
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Carlos Gustavo Motta

Psicoanalista. Miembro de la EOL y de LATIGO
Buenos Aires – Argentina
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Por Heidi Gehler y Raquel Cors Ulloa 

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Responsables:
Raquel Cors Ulloa & Dalila Arpin

25 de septiembre de 2013


TDAH (I): ¿Cajón de sastre de problemas sociales o excusa para medicar?
Por Miguel Jara - 11 de septiembre de 2013

El psiquiatra Mariano Almudevar me envía un texto sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Dado que es algo largo voy a ofrecerlo y editarlo en varios capítulos. El objetivo es intentar contribuir a un debate amplio, abierto y sostenido, basado en hechos y argumentos, que a muchas personas nos parece urgente, dado el proceso de medicalización de la infancia que está produciéndose en la sociedad. El TDAH, fue definido como “trastorno” específico de la infancia en el Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales (DSM III).

Dicho libro es la “biblia” de la psiquiatría moderna, el sistema de clasificación estadounidense de trastornos mentales que se publicó por vez primera en 1980, fecha que podemos señalar como el inicio de un crecimiento sostenido de diagnósticos que adquiere carácter de incontrolable epidemia global a fines de siglo.

Anteriormente, a niños inatentos, inconsecuentes y muy movidos, particularmente si había dificultades específicas del aprendizaje como la dislexia, se les atribuía un “daño cerebral mínimo” (minimal brain damage) o “hiperactividad”, cuya frecuencia era baja, creo recordar que de 0,2 por ciento o menos, y requería la presencia de tal hiperactividad en entornos de escuela, hogar y clínica. El primer concepto “daño cerebral mínimo”, desapareció de la clínica por falta de pruebas de los llamados “signos neurológicos blandos” (soft neurological signs) que lo justificarían, y el segundo “hiperactividad” se incorporó en los DSM.

Es muy significativo que la hiperactividad pasó pronto a segundo plano hasta el punto de utilizarse como categoría el TDA (sin hiperactividad). Las “cláusulas de exclusión” de otros trastornos también fueron progresivamente ignoradas y hoy muchos de los diagnosticados de TDAH en USA tienen otros “trastornos co-mórbidos”.
En el DSM 5, la última versión del manual, ha subido el límite de edad de comienzo hasta los doce años, pero en la práctica se puede diagnosticar el TDA en adultos sin probar que empezó antes de esa edad. Hasta ese registro en 1980 se entendía que la hiperactividad tendía a desaparecer con los años y tenía alguna relación con el uso de aditivos alimentarios o incluso el plomo de la gasolina (ver estudios relacionados con The Isle of Wight Studies, M. Rutter et al., 1964).

El TDAH ha sido y es objeto de controversia pública en la sociedad angloamericana. Algunos, dicen que está infra-diagnosticado, otros que al contrario. Hay neurólogos (Baughman) y psiquiatras (Breggin) que llevan muchos años diciendo que es una falacia; otros piensan que es un cajón de sastre en el que se incluyen un número de conductas problemáticas y bajos rendimientos escolares, o simplemente niños “trasto” o despistados.

Detrás del diagnóstico puede haber desde chavales inteligentes y curiosos que se aburren con las rutinas homogeneizadas del aula, a otros con dificultades específicas del aprendizaje; desde la expresión en el escenario escolar de situaciones familiares complicadas o negligentes, hasta aquellas en la que el niño no llega a las expectativas de los padres; desde maestros que por una razón u otra necesitan una tranquilidad regimentada en el aula, hasta psicólogos con escasa o nula conciencia de la diversidad o variabilidad en el ritmo del desarrollo humano.

Solo una minoría de diagnosticados, muestra hiperactividad en sesiones clínicas y a pesar de ser el más ampliamente estudiado de los trastornos psiquiátricos de la infancia, su diagnóstico se hace sobre la base de quejas y observaciones de maestros, a veces bajo amenazas de sanciones; y su frecuencia y la polémica siguen creciendo.

A pesar del repetido lema de que hay alguna anormalidad biológica diferenciada del trastorno y marcadores biológicos, tales marcadores siguen siendo elusivos  o tan heterogéneos y especulativos que son incapaces de dar unidad nosológica a un diagnóstico que depende de la subjetividad, no del paciente sino de otros, pues el niño no se queja de nada. En fin, que tales marcadores biológicos específicos del trastorno no existen.

En el sistema clasificatorio de las enfermedades de la Organización Mundial de la Salud, CIE 10 (F90), que se utiliza en general en Europa y no implica ni tratamientos ni causas, sino solo “listas de problemas con las que el paciente visita al psiquiatra”, esas conductas vienen bajo la categoría de Trastorno de Hiperactividad, algo más rigurosa y que tiene a la hiperactividad como faceta necesaria para el diagnóstico. Los síntomas catalogados en el DSM, se han vuelto cada vez más vagos y subjetivos, hasta estar presentes en casi toda la población en algunos momentos de sus vidas.

La frecuencia del “trastorno” baila enormemente aunque la cifra más repetida hoy es la de del 6%, si bien encuestas recientes la acercan al 10% en los USA. La frecuencia ha ido aumentando a un ritmo de un 3% por año acelerándose al 5,5% al año recientemente. En los USA varía mucho entre estado y estado llegando en algunos de ellos hasta más del 15%.