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10 de noviembre de 2016
13 de febrero de 2014
Latigazo 03
"Dalila Arpin (ECF-Paris) y Raquel Cors Ulloa (NEL-Santiago de Chile) me han avisado hoy que iban a trabajar juntas.
Para sostener ese proyecto, yo decido lanzar a título experimental, dentro del Institut Lacan/Instituto Lacan,
The LAcanian Transatlántica de InvestiGaciOn (LATIGO)"
Jacques-Alain Miller
Paris 14 de Febrero de 2013
Boletín Latigazo Nº 3
Febrero de 2014
Editorial
Dalila Arpin
Psicoanalista. Miembro de la ECF y de LÁTIGO
Paris - Francia
En este tercer número de
Latigazo, encontrarán la primera parte de un texto de Eric Laurent de
gran actualidad: la crisis del DSM. Él nos libra los resultados de una profunda investigación que llevó a cabo tanto del lado de los
“iniciados” – especialistas que contribuyeron a la elaboración de este
manual de diagnóstico- como de epistemólogos, con respecto al DSM. Los
primeros dan cuenta de las condiciones objetivas que han rodeado los
estudios científicos y la redacción del documento, siendo que los
segundos, develan tanto los fundamentos filosóficos y la lógica oculta
de la DSM como los resortes de su crisis: What went wrong ?
De su lectura de los trabajos de
Allen Frances, que, como el texto lo recuerda, se formó como
psicoanalista en el seno del Columbia Institut, Eric Laurent destaca al
mismo tiempo un síntoma contemporáneo: "A medida que nuestro mundo está cada vez más globalizado y homogeneizado, también disminuye nuestra
tolerancia respecto a la excentricidad o la diferencia, que de repente
tendemos a medicalizar. Esta tendencia hacia la normalización de la
conducta no significa que estemos más enfermos que antaño." Intolerancia
que puede tomar otras formas, como el racismo, por ejemplo. Esto
resuena en forma particular en nuestros días, en que una polémica ha
sido objeto de debate en torno a los espectáculos del humorista
Dieudonné, virulentamente antisemitas, prohibidos recientemente por el
Ministro del Interior, Manuel Valls[1].
Leerán luego en este número la
reflexión de Carlos Motta, psicoanalista de la EOL y miembro de Látigo,
sobre un film documental de Louis Malle, citado por Lacan. El
realizador, al filmar los fragmentos de real en Calcutta, “da en el
blanco”, como dice Lacan. En efecto, cuando se va a la India, uno no
puede dejar de sorprenderse por el impacto de ciertas situaciones: gente
que, no solamente vive en la calle, sino que se hacen arrancar dientes,
niños mutilados a propósito para obtener una limosna, discapacitados
de todas clases que recorren las calles, hambrientos, en busca de
algunas rupias, constituyendo verdaderas encarnaciones de la “miseria
humana”. La gestión de Louis Malle se ubica, de este modo, lo más cerca
posible de lo real y, en este sentido, está en línea directa con lo real
en el siglo XXI, el tema del Congreso de la AMP, de este año. Esta nos
recuerda, como lo dice Carlos Motta, que a lo real hay que hacerse,
soportarlo y podríamos agregar, habituarse, como dice Lacan[2].
Carlos Motta postula que lo simbólico puede circunscribir el triunfo de
lo imaginario. En tanto que psicoanalistas, estamos entonces
concernidos por las manifestaciones de los fragmentos de lo real, que
van del hambre a la privación de la libertad. Es así que encontrarán,
para terminar, la entrevista realizada por Raquel Cors y Heidi Gehler,
miembros de Látigo, a Samuel Doria Medina, hombre político y empresario
boliviano, secuestrado por el Movimiento Túpac Katari de Liberación
(MRTKL) en 1995, durante un mes y medio.
Samuel Doria Medina habla de un tema
tabú: la negociación con los secuestradores y la manera de servirse de
esta gestión para desalentar los secuestros. Su testimonio rinde cuenta,
igualmente, de un punto preciso: aceptar la muerte, luego de haber
sido secuestrado, le permitió restablecer “la juntura más intima del
sentimiento de la vida”[3].
A ustedes, lectores de Latigazo, de descubrir este número apasionante que aparece para festejar el primer cumpleaños de Látigo!
***************************************************
La crisis post-DSM y el psicoanálisis
Carlos Gustavo Motta
Psicoanalista. Miembro de la EOL y de LATIGO
Buenos Aires – Argentina
***
Por Heidi Gehler y Raquel Cors Ulloa
***
Responsables:
25 de septiembre de 2013
TDAH (I): ¿Cajón de sastre
de problemas sociales o excusa para medicar?
El psiquiatra
Mariano Almudevar me envía un texto sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).
Dado que es algo largo voy a ofrecerlo y editarlo en varios capítulos. El
objetivo es intentar contribuir a un debate amplio, abierto y sostenido, basado
en hechos y argumentos, que a muchas personas nos parece urgente, dado el
proceso de medicalización de la infancia que está produciéndose en la sociedad.
El TDAH, fue definido como “trastorno” específico de la infancia en el Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales (DSM
III).
Dicho libro
es la “biblia” de la psiquiatría moderna, el sistema de clasificación
estadounidense de trastornos mentales que se publicó por vez primera en 1980,
fecha que podemos señalar como el inicio de un crecimiento sostenido de diagnósticos
que adquiere carácter de incontrolable epidemia global a fines de siglo.
Anteriormente,
a niños inatentos, inconsecuentes y muy movidos, particularmente si había
dificultades específicas del aprendizaje como la dislexia, se les atribuía un
“daño cerebral mínimo” (minimal brain damage) o “hiperactividad”, cuya
frecuencia era baja, creo recordar que de 0,2 por ciento o menos, y requería la
presencia de tal hiperactividad en entornos de escuela, hogar y
clínica. El primer concepto “daño cerebral mínimo”, desapareció de la
clínica por falta de pruebas de los llamados “signos neurológicos blandos” (soft
neurological signs) que lo justificarían, y el segundo “hiperactividad” se
incorporó en los DSM.
Es muy significativo que la hiperactividad pasó pronto a segundo plano hasta el punto de utilizarse como categoría el TDA (sin hiperactividad). Las “cláusulas de exclusión” de otros trastornos también fueron progresivamente ignoradas y hoy muchos de los diagnosticados de TDAH en USA tienen otros “trastornos co-mórbidos”.
En el DSM 5,
la última versión del manual, ha subido el límite de edad de comienzo hasta los
doce años, pero en la práctica se puede diagnosticar el TDA en adultos sin
probar que empezó antes de esa edad. Hasta ese registro en 1980 se entendía que
la hiperactividad tendía a desaparecer con los años y tenía alguna relación con
el uso de aditivos alimentarios o incluso el plomo de la gasolina (ver estudios
relacionados con The Isle of Wight Studies, M. Rutter et al., 1964).
El TDAH ha sido y es objeto de controversia pública en la sociedad
angloamericana. Algunos, dicen que está infra-diagnosticado, otros
que al contrario. Hay neurólogos (Baughman) y psiquiatras (Breggin) que llevan
muchos años diciendo que es una falacia; otros piensan que es un cajón de
sastre en el que se incluyen un número de conductas problemáticas y bajos
rendimientos escolares, o simplemente niños “trasto” o despistados.
Detrás del
diagnóstico puede haber desde chavales inteligentes y curiosos que se aburren
con las rutinas homogeneizadas del aula, a otros con dificultades específicas
del aprendizaje; desde la expresión en el escenario escolar de situaciones
familiares complicadas o negligentes, hasta aquellas en la que el niño no llega
a las expectativas de los padres; desde maestros que por una razón u otra
necesitan una tranquilidad regimentada en el aula, hasta psicólogos con escasa
o nula conciencia de la diversidad o variabilidad en el ritmo del desarrollo
humano.
Solo una
minoría de diagnosticados, muestra hiperactividad en sesiones clínicas y a
pesar de ser el más ampliamente estudiado de los trastornos psiquiátricos de la
infancia, su diagnóstico se hace sobre la base de quejas y observaciones de
maestros, a veces bajo amenazas de sanciones; y su frecuencia y la polémica siguen creciendo.
A pesar del
repetido lema de que hay alguna anormalidad biológica diferenciada del
trastorno y marcadores biológicos, tales
marcadores siguen siendo elusivos o tan heterogéneos y
especulativos que son incapaces de dar unidad nosológica a un diagnóstico que
depende de la subjetividad, no del paciente sino de otros, pues el niño no se
queja de nada. En fin, que tales marcadores
biológicos específicos del trastorno no existen.
En el sistema
clasificatorio de las enfermedades de la Organización Mundial
de la Salud ,
CIE 10 (F90), que se utiliza en general en Europa y no implica ni
tratamientos ni causas, sino solo “listas de problemas con las que el paciente
visita al psiquiatra”, esas conductas vienen bajo la categoría de Trastorno de
Hiperactividad, algo más rigurosa y que tiene a la hiperactividad como faceta
necesaria para el diagnóstico. Los síntomas catalogados en el DSM, se han
vuelto cada vez más vagos y subjetivos, hasta estar presentes en casi toda la
población en algunos momentos de sus vidas.
La frecuencia
del “trastorno” baila enormemente aunque la cifra más repetida hoy es la de del
6%, si bien encuestas recientes la acercan al 10% en los USA. La frecuencia ha
ido aumentando a un ritmo de un 3% por año acelerándose al 5,5% al año recientemente.
En los USA varía mucho entre estado y estado llegando en algunos de ellos hasta
más del 15%.
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