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5 de junio de 2015

Boletín 2 Letras en línea - I Conversación clínica de la NEL


                I Conversación Clínica de la NEL 

 El analista y su práctica
 

São Paulo - 3 de septiembre de 2015

 

Conversación de mujeres - Nguyen Tro

Letras en línea
Boletín Nº 2
 
¡No toda conversación es una conversación! Hallarán en este boletín las explicaciones que da Lizbeth Ahumada a esta afirmación entre signos de exclamación. En una conversación clínica no se trata de una interlocución afable y consensuada sino que partimos de lo imposible y de los problemas que se presentan en la práctica. No todo puede ser dicho y siempre queda un resto que nos permite relanzar una vez más la Conversación como experiencia de Escuela.

¿Qué hay del saber en una Conversación? En una Conversación el saber es un camino que se recorre más allá del Complejo de Edipo y bajo la consideración de la inexistencia del Otro. Mónica Febres Cordero elige pensar su comentario con relación a la experiencia del análisis y a dos testimonios del pase que le permite ubicar al padre como vivo y deseante y al goce abierto a la invención y al encuentro al final del análisis.  Entenderán por qué titula su comentario “Correr un riesgo”.

Las referencias bibliográficas que presentamos aquí se orientan por la pregunta: ¿Qué es la Conversación?  Las citas son extraídas de “El malentendido” en Elucidación de Lacan, ahí encontrarán que Miller dice que solo la conversación analítica tiene la posibilidad de superar el malentendido.

María Hortensia Cárdenas 


Comentario de Lizbeth Ahumada Yanet a la cita:

"La conversación la hacemos no sólo para verificar lo que sabemos, sino para plantearnos los problemas con la complejidad con la que se presentan en la práctica". [1]

Jacques-Alain Miller ha planteado, en no pocas  ocasiones,  condiciones necesarias  para que una conversación orientada por la clínica psicoanalítica pueda alcanzar su realización, pueda ser lograda.  Entonces no se define en sí misma, ni como supuesto ni como anticipación: ¡No toda conversación es una Conversación! No basta con el gesto interesado de interlocutor, tampoco con el buen ánimo de una congregación, menos aún con la pretendida comprensión entre parroquianos o con el  resultado jubiloso del consenso mayoritario.  La conversación conforme a la práctica clínica debe tener su marca de nacimiento: lo imposible como causa. En este sentido entendemos que, aunque se pueden producir efectos de verificación de saber para cada quien, incluso efectos de verdad, lo que hace a la realización de una conversación (como a la realización del deseo), es justamente lo que se da en los tropiezos del Ideal que enmudece e inhibe. Así, la exposición de los embrollos de la práctica, de los embrollos del analista en su tarea de plantarle rostro a lo real de la clínica, a diferencia de las parábolas religiosas que buscan enseñar la construcción colectiva de la Verdad, da cuenta de la conversación que está a la altura del discurso analítico: articula la presencia del Otro en su doble estatuto, de código referencial sostenido en la doctrina, pero barrado en el pretendido alcance de la Unidad a partir de la juntura de las piezas. Es una Conversación no-toda. Es la condición mayor a la que debemos ser dóciles, estar dispuestos.  Poner sobre el tapete la unicidad de la cura y la del analista en la cura, puede provocar la inspiración  que mueve a razonar la experiencia a sabiendas que es un razonamiento que no funda un universal. Deseo de saber como saldo cuando se deponen los espejismos del narcisismo en sus diversas modalidades.

Miller, J.-A., Seis fragmentos clínicos de psicosis, Buenos Aires, Tres Haches, 2000, p. 58. [1]


Comentario de Mónica Febres Cordero a la cita:

“La conversación sería el camino de saber que conviene al más allá del complejo de Edipo y que conviene también el tiempo del Otro que no existe.” [1]

Correr un riesgo
En las Conferencias porteñas, Miller dice  que el pase es parte de las consecuencias de un análisis. La conversación,  “práctica esencial de los miembros de una Escuela”, [2] recoge la desuposición de saber implicada en un análisis llevado hasta su final  y, al mismo tiempo,  relanza su búsqueda. Cita a Laurent: el sentido del más allá del Edipo es la falta de garantía y la ausencia del punto de capitón para que el saber prosiga como búsqueda.

La cita objeto del comentario para este texto, define a la conversación como el “…camino de saber que conviene al más allá del complejo de Edipo y…al tiempo del Otro que no existe”. [3] Me interesó pensarla en relación a los testimonios del pase y a la modalidad  de conversación que  ellos  plantean.
Así, L. Gorostiza en la conferencia “El padre después del pase”, [4] se pregunta: ¿De qué padre se trata en el más allá del Edipo, después del pase? ¿Significa estar advertidos de que el padre es solo un nombre, surgido del encuentro con el agujero de la no relación sexual? Responde que el padre después del pase implica ya no creer en “el” padre y sin embargo poder hacer uso de él. Lo cual, en relación a lo necesario del síntoma, abre una salida a un destino vivido como  inexorable.

La experiencia de un análisis, añade, debería permitir la transformación del padre, no su caducidad. Pasar del padre muerto de la neurosis a un padre vivo, animado por un goce imposible de negativizar. La caducidad se refiere al  padre del Edipo: es ese el padre que se transforma y permite pasar del Nombre del Padre como Otro del Otro a un padre deseante, sin Otro.

Marcus André Vieira en el testimonio durante las últimas jornadas de la NEL en Lima, [5] plantea para su discusión, que saber hacer con el goce del sinthome evoca un goce abierto a la invención y al encuentro. Forma de conversación, entonces, que implica el riesgo de una lectura realizada en el análisis y de su transmisión. Conversación abierta con y entre los miembros de la Escuela.
 
[1] Miller, J.-A., “Lo postanalítico” Conferencias Porteñas, Tomo 3, Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 94.
[2] 
Ibídem.
[3] 
Ibídem.
[4] www.radiolacan.com/es/topic/199/3
[5] “El grito, el tambor y el griterío”. Inédito
 




 Referencias bibliográficas sobre Conversación

¿Qué es la Conversación?

1. En “El Malentendido” (pp. 27- 48) del texto Elucidación de Lacan. Charlas brasileñas (charlas entre 1981-1995), Buenos Aires, Paidós - EOL, 1998.
“Basta la elección del término conversación para imaginar el tono y el estilo de nuestro encuentro”. (p. 27)
“Utilicé la palabra conversación, bastante poco lacaniana, pues en el fondo no se pude disimular que la conversación, lejos de permitir la comprensión mutua, alimenta el malentendido. Solo un tipo de conversación tiene posibilidades de superarlo: la conversación analítica, evidentemente muy especial en su dispositivo.” (p. 28)
“Lacan decía: todos monologan. Esto es lo que implica el malentendido: que definitivamente todos monologan. Solo en el psicoanálisis, debido a la manera en el que el otro se presenta, existe una pequeña chance de monologar de otro modo, para ser prudente y no elogiar la operación, en ocasiones vertiginosa”. (p. 32)
“He aquí el Lacan que se debe abordar: no el Lacan eterno, no el Lacan teórico que daba respuestas en términos que nadie comprendía, sino el Lacan frente a sus problemas que procuraba no esconder, demostraba sus enojos e inquietudes, pero no a simple vista”. (p. 35)


Responsables del Boletín Letras en línea
María Hortensia Cárdenas
Ana Viganó


23 de septiembre de 2013

"La videocámara más difícil de desinstalar es la que se nos ha metido dentro"

Entrevista con Gustavo Dessal

Por Pablo E. Chacón
Agencia Nacional de Noticias Télam
18.09.2013

T: ¿En qué dirección pensar algunas conjeturas para el psicoanálisis en el siglo XXI?
D: Ayer por la noche una colega de nuestra Escuela dictó una magnífica conferencia sobre el deseo. Resulta muy interesante volver de tanto en tanto a revisar los conceptos clásicos, fundamentales del psicoanálisis, una buena ocasión para encontrar algo nuevo, especialmente si hacemos el esfuerzo de situarnos en la contemporaneidad que nos toca vivir.
 
El deseo. Todo un clásico del psicoanálisis, y que Lacan, incluso a pesar de su teoría del goce, no olvidó jamás. ¿Cómo pensar el problema del deseo en el siglo XXI? Algo salta a la vista, que no podemos pasar por alto. Tanto Freud como Lacan definieron el deseo como inconsciente e insatisfecho. Hoy en día, estos dos términos tropiezan con el obstáculo de un discurso que se confabula en su contra. Por una parte, la sociedad de la transparencia ve con muy malos ojos (¡valga la metáfora!) que algo pueda ser invisible.
 
El inconsciente ya no despierta en la actualidad el sentimiento de ofensa narcisista del que hablaba Freud en Las resistencias al psicoanálisis. Nadie es hoy en día tan necio como para creer que la conciencia sea capaz de agotar la gigantesca y compleja actividad que supone la vida mental. Hasta el más mediocre neurocientífico sabe eso. Otra cosa es aceptar que el deseo no puede hacerse visible ni por la palabra ni por las imágenes cerebrales; que el deseo humano solo puede vivir si no se ataca su derecho al misterio y al medio decir. 
 
Por otra parte, tenemos el bendito asunto de la insatisfacción, palabra de la que actualmente nadie quiere siquiera oír hablar. ¿Insatisfacción? Eso hiere mucho más la sensibilidad contemporánea que las observaciones de Freud sobre la sexualidad en la Viena de principios del siglo pasado. En El malestar en la cultura, texto de 1930, la civilización se define por aquello que es capaz de limitar y de inhibir. Hoy día es todo lo contrario: vivimos en la cultura de la satisfacción, que se exige rotunda, inmediata, absoluta.
 
Ello no significa que sea posible, sino que la desdicha que esa imposibilidad genera se ha vuelto definitivamente insoportable. Vivimos en un estado de la civilización que propicia la cobardía moral, y que ha degradado la falta fecunda del deseo, lo que Freud llamaba la pulsión de vida. Thanatos no ha nacido en el siglo XXI, pero actualmente está más contento que nunca con las condiciones tan ventajosas en la que puede ejercer su viejo oficio.
 
T: ¿Por qué crees que hay tantas personas que eligen otros modos de tratar su malestar? El psicoanálisis no creo que esté reservado sólo a una elite que hará o no el pase. Incluyo a la religión entre esos otros modos.
D: Desde luego, existen muchas formas de abordar el malestar humano. La religión ha sido (y continúa siendo) un método por excelencia. A título personal, estoy tan convencido de la potencia del método analítico que no necesito aplicarme a la crítica feroz que otros colegas dedican a las múltiples terapias que existen. En primer lugar, porque Lacan nos enseñó que el secreto reside en saber cómo actuar con el propio ser.
 
Muchos psicoanalistas no lo consiguen, y a veces algunos psicoterapeutas sí. Por lo tanto, cuando recibo a un paciente que proviene de alguna experiencia terapéutica anterior, no investigo ni el método, ni la corriente del tratamiento que ha realizado. Prefiero preguntarle qué es lo que aprendió en dicha experiencia. La respuesta me resulta más instructiva que conocer el modo en que la ha alcanzado.
 
Y desde luego, el psicoanálisis no está reservado para ninguna elite. En primer lugar, porque el deseo de saber no existe para nadie, y si acaso logramos hacer surgir una pequeña chispa, esta puede darse en un aristócrata o en un cartonero. Y no debemos desdeñar la religión, que a mucha gente le aporta un sostén fundamental en la vida. ¿Con qué derecho habríamos de oponernos a que existan algunas personas que se dediquen a salvar almas? Los psicoanalistas deberían preocuparse más por no sucumbir a esa misma tentación, y sobre todo a no contribuir a que sus instituciones se parezcan demasiado a la Iglesia. Y subrayo lo de demasiado. Pretender que no se parezcan en nada ya está visto que es imposible...
 
T: Al respecto, Lacan, si entendí bien, forjó, alguna vez, una ley de hierro: psicoanálisis o religión. En ese caso, la religión gana por robo.
D: Lacan era lo suficientemente astuto como para comprender que el verdadero ateísmo es algo muy difícil de obtener. Creer que por definición el pase nos librará de la creencia religiosa es una ingenuidad. Podría ser hasta divertida si no fuese porque no tiene gracia.
 
T: Si el psicoanálisis es una experiencia del ser, ¿están los psicoanalistas, los que se nombran así, a la altura de semejante desafío? Consideremos la cantidad de repeticiones y habladurías que se escuchan en un congreso, las cantidades que ignoran que la escritura de William Faulkner también es una experiencia del ser.
D: Sin duda, un psicoanálisis es una experiencia del ser. Eso es inobjetable. Claro que no es la única, desde luego. No estoy muy seguro de que los analistas suelan frecuentar a Faulkner. Si lo hicieran probablemente analizarían mucho mejor a sus pacientes. Muchos escritores me han ayudado a entender algunos de mis casos bastante mejor que lo que a veces me aportan los locos literarios, como ironizaba Lacan respecto de la literatura analítica. Pero ¡ojo!, sin olvidar el deber de la supervisión, y desde luego el principio de los principios: el propio análisis.  
 
Tu comentario encierra además un dilema muy grave, y hasta cierto punto insoluble. La soledad del analista suele conducirlo al delirio. En el extremo opuesto, la comunión con sus compañeros de partido, produce en demasiadas ocasiones efectos de identificación que estrangulan los postulados éticos del psicoanálisis. Puesto a elegir entre un psicoanalista delirante, o un delirio psicoanalítico entre varios, necesito pensarlo un buen rato.
 
T: Los psicoanalistas lacanianos no quieren adaptarse, ni renunciar a sus principios, estructuralmente es una práctica refractaria al poder. ¿Cómo entender entonces que en la AMP no esté más Colette Soler, Stuart Schneiderman, Slavoj Zizek, Jean Allouch? ¿O no son lacanianos?
D: Bueno, que el psicoanálisis sea una práctica refractaria al poder..., suena muy bien. Lacan inicia su escrito La dirección de la cura diciendo que el poder que los analistas quieren ejercer traduce una impotencia para sostener una práctica verdadera. Si empezó de este modo, es porque sabía que el poder no está en absoluto reñido con la práctica analítica, o al menos con los analistas. Como lo decía él con su habitual acidez: mirémonos a las caras.
 
¿De verdad podemos creer que estamos hechos de otra pasta? Por otra parte, la ausencia de esos nombres en la AMP responde a vicisitudes e historias que desconozco en detalle, y que además no puede explicarse en virtud de una fórmula general. De todos modos, nunca ha sido fácil que varios amos convivan bajo un mismo techo. ¿Por qué habría de serlo bajo el techo del psicoanálisis?
 
T: Algo incurable habita al ser hablante. En tiempos de vigilancia global, policía, fundamentalismo, disolución de lo público y lo privado, ¿cuál pensás qué es el estatuto de la intimidad frente a esa invasión?, ¿cómo decir no en un mundo que obliga todo el tiempo a decir sí?
D: Los esclavos romanos solían llevar un cartel colgado del cuello que decía: Tenemene fucia et revo cameadomnum et viventium in aracallisti, o sea: Detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño. Claro que en esa época no había cámaras de videovigilancia. Ahora lo tenemos un poco más difícil, y no necesitamos llevar ese cartelito para que nos devuelvan a nuestro dueño. Peor aún: nos devolvemos solos, sin que nadie nos lleve. Después de todo, en eso consiste el discurso rayado del que hablaba Lacan.
 
Tu pregunta me evoca el eterno problema del superyo: Freud creyó al principio que era el policía que soplaba el silbato y nos hacía ¡No! con el dedo. Al final de su obra se dio cuenta de que era al revés, y eso Lacan lo pescó al vuelo. Es el policía, desde luego, pero uno muy especial, porque nos incita a decir que sí. Sí al goce. Más que una incitación, es un mandato. Como lo dice Zygmunt Bauman: ser hoy un buen ciudadano es cumplir con los deberes del shopping game. El psicoanálisis descubrió una cosa muy interesante: el no es una invención del padre. No ser loco consiste en decir sí al no paterno.
 
Pero en el siglo XXI las reglas del juego han cambiado. Se puede decir  ¡no! al no paterno, hacerle pito catalán, y sin embargo no estar completamente loco. Hay síntomas con los que uno se puede arreglar para solventar ese problema. El neurótico suele quejarse (y es un motivo frecuente para consultar a un analista) de que no sabe decir que no, que con tal de sentirse amado es capaz de soportar cualquier cosa. Va a necesitar un tiempito para comprender que soportar cualquier cosa es un goce que puede rozar el éxtasis, y que debe librarse de ese goce, y no del Otro al que procura complacer. La videocámara más difícil de desactivar es la que se nos ha instalado adentro. Para que se le agote la batería, hay que usar mucho el diván.