8 de febrero de 2022

LA APROXIMACIÓN AL SÍNTOMA A PARTIR DE FREUD Y SU RELECTURA POR LACAN por Susana Valle

 


Relectura crítica y epistemológica de Freud por parte de Lacan

Freud inventa el psicoanálisis, partiendo del problema de la histeria femenina, donde sus pacientes se valían de su neurosis para huir de la orfandad social en la que se encontraban producto de las estructuras establecidas de la sociedad burguesa del siglo XIX. Sin embargo, su obra es desordenada, según Miller en su seminario dictado en Caracas en 1979 (p. 32) la teoría freudiana tuvo un eje con el libro “La interpretación de los sueños”, pero luego se expandió mucho superando las expectativas del autor. Es así como Lacan se encomendó a la tarea de conceder un orden a la teoría de Freud.[1]

Lacan elabora una lectura epistemológica de la obra freudiana, sin embargo, su deseo no fue mejorarla o sobrepasarla, en su lugar, se propuso ir al fundamento del discurso de Freud, es decir, el sujeto del inconsciente y de la práctica del psicoanálisis. El ejercicio del psicoanálisis era lo que inquietaba a Lacan, de esta manera, lo preocupaba también el texto de Freud, cuyo estilo era muy diferente al suyo. Freud fue descubriendo su teoría de forma progresiva, tuvo muchas dificultades y trabas, siendo neurólogo cambió de orientación lo cual le ocasionó críticas por parte de sus colegas y maestros, sin embargo, debido a su deseo, descubrió el inconsciente, es en este punto donde se aleja de sus alumnos y seguidores pues se quedaron en el “yo” como una manera de institucionalizar el psicoanálisis, a diferencia de Lacan que sí estuvo allí.

Lacan se valió de la lingüística, la topología, la lógica, la matemática, entre otras materias para dar cuenta de la práctica psicoanalítica de Freud, en este sentido la teoría lacaniana evoca a la sencillez pues propone matemas como puntos referenciales para comprender conceptos psicoanalíticos complejos, en su recorrido teórico dichos puntos no dejaron de afinarse. Buscando la precisión, Lacan fue hacía una simplificación progresiva, por ejemplo: el término “discurso universal” – el cual se encontraba en sus primeros textos – fue comprimiéndose hasta llegar a los términos S1  y S2, de esta manera, reemplaza conceptos que estudian o analizan los acontecimientos que envuelven a un sujeto, por esta minúscula estructura cuya finalidad es capturar lo elemental de las paradojas implicadas.

Es preciso indicar que al igual que Freud, Lacan también avanza y retrocede en cuanto a su teoría, sin embargo, en Lacan la dificultad que presenta el estudio de su discurso es justamente la marcha impasible de una postura a otra, en algunos casos hace modificaciones en puntos esenciales las cuales no se perciben a simple vista, en este sentido, Miller propone que el discurso de Lacan es de tipo topológico.[2] De este modo, Lacan condujo al psicoanálisis a sus cimientos, siendo uno de ellos la comprensión del síntoma al que Freud se aproximó a partir  de sus estudios sobre la histeria.

El binario sentido – goce a partir de las conferencias XVII y XXIII de Freud

Debido a su extensa obra, Freud simplificaba su teoría en sus conferencias de esta manera, exponía con rapidez delimitando sus fundamentos y lineamientos como una estructura, dándoles un carácter compendiado y continuo. En su conferencia XVII, titulada “El sentido de los síntomas” Freud indaga sobre el síntoma y su riqueza en sentido, es decir, cómo el síntoma se va armando con las vivencias del enfermo; para ejemplificar su teoría menciona dos casos de pacientes con neurosis obsesiva.[3] El primer caso corresponde al de una mujer casada con un hombre impotente y el segundo caso se refiere a una joven obsesiva quien realiza un ritual de dos horas para poder dormir, en ambos casos Freud, observó que los síntomas respondían o tenían relación con las vivencias sexuales de las pacientes. En su conferencia XXIII, titulada “Los caminos de la formación del síntoma” Freud aborda el tema de la libido, de la satisfacción pulsional y cómo dichas fuerzas pulsionales vuelven a coincidir en el síntoma, de esta manera, reflexiona sobre la obstinación del síntoma para repetirse una y otra vez.

Es así cómo Freud se dirige del sentido al goce en el síntoma. Por lo tanto, Lacan retoma la obra freudiana para elaborar su teoría de binario sentido – goce, donde se erige lo que abordará el núcleo de su enseñanza. Si el goce carece de sentido porque es pura satisfacción y a su vez esta unido a la repetición ¿cómo se enlazan el sentido y el goce? Para comprender esta aparente contradicción, Miller lo aborda en el seminario sobre las vías de la formación de los síntomas del año 1996, donde toca el punto de partida de Lacan con uno de sus primeros escritos titulado “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en dicho escrito se enfatiza que el inconsciente al estar estructurado como un lenguaje encuentra sentido a partir de los significantes, lo que determina los fenómenos analíticos freudianos es el eje simbólico, es decir, el mundo del lenguaje, por esta razón la práctica psicoanalítica se da por medio de la palabra, a su vez  la imagen esta subordinada a lo simbólico, en efecto, a la palabra ya que construimos un cuerpo a partir de esta. Finalmente, propone que primero está lo real, pero luego, lo simbólico agujerea ese real para hacerse un lugar en el mundo.  Toda esta elaboración realizada por Lacan se resume en su esquema L, donde lo simbólico y lo imaginario se entrelazan, de esta manera, el sentido está situado en lo simbólico, o sea, en la palabra.

Con todo lo expuesto en el párrafo anterior se puede inferir que Lacan ha ingresado en el psicoanálisis con el binarismo antagónico entre sentido y goce, ha tomado los casos de Freud y les ha otorgado un orden, separando lo imaginario de lo simbólico, por consiguiente, el síntoma estaría situado en el ámbito de lo simbólico, mientras que la libido freudiana estaría ubicada en el ámbito de lo imaginario debido a su carácter narcisista basada en la imagen; entre un sujeto y otro hay libido, es decir, pulsión, es decir, goce. Entonces, las vias de la formacion de los síntomas es un camino esencialmente simbólico donde el síntoma es un sentido reprimido, un enigma. En consecuencia, el síntoma puede alojarse en el cuerpo mediante la histeria o en el pensamiento mediante la neurosis obsesiva. El Otro es quien determina el lenguaje y el deseo, el sintoma es la interpretacion que el sujeto da a la pregunta hacia el Otro ¿Qué quieres de mi?.

El camino de Freud en cuanto al síntoma

A partir de su segundo ciclo de conferencias Freud aborda el psicoanálisis in situ, dando prueba o evidencias de los síntomas neuróticos tales como: la histeria de angustia, la histeria de conversión y la neurosis obsesiva. De esta manera, la conferencia XVII es la apertura al nuevo ciclo freudiano, en esta etapa Freud aplica sus conocimientos previos sobre los sueños y los actos fallidos aplicados a los síntomas de la neurosis ya que tienen un sentido, por lo tanto, son interpretables. De esta manera Freud hace un recorrido y conecta los dos cauces de su teoría, por un lado, el descubrimiento del inconsciente, la interpretación de fenómenos aparentemente carentes de sentido y, por otro lado, el descubrimiento de la sexualidad infantil y su naturaleza perversa polimorfa. Siendo la histeria su punto de partida, donde el agente del retroceso libidinal no es tan claro, como sí lo es en el caso de la neurosis obsesiva ya que se regresa a la etapa previa de la organización sexual. Freud, da cuenta de que existe una adhesión a un goce anterior, de carácter sádico anal, mientras que en el mecanismo de la histeria es la depresión. En este sentido la neurosis obsesiva según Freud, es más compleja pues tiene represión y también regresión.

Freud asevera que el síntoma en el sujeto histérico es honesto, es decir, lo hace sufrir puramente, el paciente llega indicando que sufre, que hay algo que no lo deja vivir, a diferencia del obsesivo que no percibe el sufrimiento de su síntoma, debido a que es parte inherente a su personalidad y esto le causa placer. Entonces se puede inferir que los síntomas obsesivos son placenteros, exacerbando su narcisismo. 

Retomando los casos de la conferencia XVII, Freud los elige debido a que las pacientes presentan síntomas muy marcados en el ámbito sexual y porque están relacionados a las experiencias pasadas de las pacientes, donde la primera paciente repite una y otra vez una escena que la marcó, que fue vívida como un trauma, es así como Freud, conecta el sentido del síntoma con la libido, de cómo la paciente le da un sentido a su vivencia anterior. En suma, Freud a partir de estos casos puede inferir que la formacion de los sintomas suplen algo que está obtaculizado. 

En su conferencia XXIII, Freud insiste constantemente en la Traumbildung es decir formación, ya sea referente a la formación en el sueño y en el síntoma, dejando en claro que un síntoma no es un sueño, siendo la represión el impulsor para la formación de un sueño, es también la condición previa para la formacion de un síntoma. Freud indica que los síntomas sirven siempre a la satisfacción sexual, de ahí su diferencia con los sueños. Por lo tanto, Freud define el síntoma como medio de goce, considerando la existencia del vinculo entre el goce y la defensa, es decir, que a partir del síntoma se procura obtener satisfacción y al mismo tiempo se protege de la misma. Esto es lo que Lacan definirá como plus de goce.

Susana Valle (participante del CID-Lima)

Bibliografía:

  • FREUD, S., “Estudios sobre la histeria” en Obras completas Vol. II, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.
  • FREUD, S., “El sentido de los síntomas” (Conferencia 17) y “Los caminos de la formación del síntoma” (Conferencia 23) en Obras completas Vol. XVI, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.
  • MILLER, J.-A., “Seminario sobre las vías de formación de los síntomas” en Introducción a la clínica lacaniana, ELP-RBA, Barcelona, 2006.
  • MILLER, J.-A., “La enseñanza de Lacan” en Seminarios en Caracas y Bogotá, Paidós, Buenos Aires, 2015.

[1] “Lacan varias veces volvió a empezar, tratando de hacer de esta teoría lo que él mismo llamó un jardín a la francesa, como por ejemplo Versalles: con caminos rectos, con puntos de referencia precisos que son obras de arte, puntos de vista centrales que permiten dominarlo todo…. Una ubicación impecable y una satisfacción para el espíritu, que está en la simetría y en la armonía”. (Miller, p. 32).

[2] “En topología en cambio nos ocupábamos de las propiedades que permanecen invariables aun cuando el triangulo sea deformado por todos sus lados, en este caso ya no se distingue el triangulo isósceles del triangulo equilátero, ni tampoco se distingue de un círculo, por ejemplo. En lacan entonces la topología no es simplemente un tema entre otros. Les propongo considerar que su discurso mismo tiene una estructura topológica”. (Miller, p. 27).

[3] “Los síntomas neuróticos tienen entonces su sentido, como las operaciones fallidas y los sueños, y, al igual que estos, su nexo con la vida de las personas que los exhiben”. (Freud, p. 2290)

LA LIBIDO Y EL SÍNTOMA por Andrea Soto

 “El síntoma es rico en sentido y se entrama con el vivenciar del enfermo”

– Freud, 2001


A partir de esta frase se podría entender que el síntoma tiene una razón de ser, una explicación, la cual se encuentra vinculada con las experiencias de vida (reales o imaginarias) de la niñez del sujeto que lo presenta. “Los síntomas neuróticos tienen entonces su sentido, como las operaciones fallidas y los sueños, y, al igual que estos, su nexo con la vida de las personas que los exhiben” (Freud, 2001).

El síntoma tiene dos sentidos, uno que lo hace y otro de goce. Es decir, como se ha dicho en el párrafo anterior, es capaz de ser explicado, interpretado, descifrado. Asimismo, no es algo que aparece y desaparece, es permanente y se repite pues encuentra en eso el goce, la satisfacción de un deseo libidinoso inconsciente. A esta búsqueda constante de satisfacción se le conoce como pulsión.

Entonces, para comprenderlo mejor desarrollemos un ejemplo, el sujeto X inicia una nueva relación con el sujeto Y, pero pasados algunos meses sucede algo que empieza a generar angustia en el sujeto X quien desarrolla una respuesta física a la situación (alergia cutánea). En este escenario, la expresión física del malestar del sujeto X sería el síntoma. Sin embargo, el síntoma no viene solo dado que el suceso ocurrido ha conectado con la marca inicial del sujeto X, activando en su inconsciente la experiencia libidinal fijada experimentada en su niñez. Esto ocasiona pulsaciones que buscan satisfacerse para controlar al síntoma, por ejemplo, el sujeto X inicia una demanda de atención, un requerimiento excesivo de muestras de afecto, mensajes, llamadas, entre otros, los cuales demanda una y otra vez.

Es aquí donde entra en relación activa la libido fijada en las vivencias infantiles (no siempre verdaderas). “Juzgamos posible, respecto de cada aspiración sexual separada, que partes de ella queden retrasadas en estadios anteriores del desarrollo, por más que otras puedan haber alcanzado la meta última. Advierten ustedes que nos representamos a cada una de estas aspiraciones como una corriente continuada desde el comienzo de la vida, que descomponemos, en cierta medida artificialmente, en oleadas separadas y sucesivas (…) Pero permítame añadir todavía que una demora así de una aspiración parcial en una etapa anterior debe llamarse fijación (a saber, de la pulsión)” (Freud, 2001). Estas son creadoras de los síntomas y nos sirven para el análisis de los mismos.

Inicialmente, para Freud, la libido era una expresión de la pulsión sexual, la energía que funcionaba como fundamento de las transformaciones de estas pulsiones, pero la transformación de la libido del objeto en narcisismo trajo consigo una inevitable desexualización. Por este motivo, entendemos la libido como aquella energía que se gasta en el síntoma y alimenta las pulsiones repercutiendo en nuestra conducta. El estimulo pulsional (necesidad) no proviene del exterior, sino del interior del propio organismo y solo se cancela con su satisfacción.

La fijación libidinal ha podido surgir por la constitución sexual, que está relacionado al vivenciar previo, histórico del sujeto (lo que estuvo antes de él) y el vivenciar familiar, que se refiere a las experiencias que tuvo durante su desarrollo. “Si a pesar de que la libido está dispuesta a aceptar otro objeto en lugar del denegado (frustrado) la realidad permanece inexorable, aquella se verá finalmente precisada a emprender el camino de la regresión y aspirar a satisfacerse dentro de una de las organizaciones ya superadas o por medio de uno de los objetos que resignó antes. En el camino de la regresión, la libido es cautivada por la fijación que ella ha dejado tras sí en esos lugares de su desarrollo” (Freud, 2001).

Andrea Soto (participante del CID)


Bibliografía

  • BECERRA – FUQUEN, F., “Principios del síntoma:  del desciframiento al goce” en Revista Affectio Societatis 12(22), 105 -112. Medellín, Colombia: Departamento de Psicoanálisis, Universidad de Antioquia, 2015. Recuperado de http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/affectiosocietatis
  • FREUD, S., “El sentido de los síntomas” (Conferencia 17), “Algunas perspectivas sobre el desarrollo y la regresión. Etiología.” (Conferencia 22) y “Los caminos de la formación del síntoma” (Conferencia 23) en Obras completas Vol. XVI, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.
  • FREUD, S., “Pulsiones y destinos de la pulsión” en Obras completas Vol. XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.
  • ILEYASSOF, R., “El psicoanálisis y la singularidad del modo de goce” en Virtualia #34, 2018.
  • MILLLER, J. – A., “Seminario sobre las vías de la formación de los síntomas” en Introducción a la clínica lacaniana, ELP – RBA, Barcelona, 2006.

LA REPETICIÓN EN EL SÍNTOMA Y SUS IMPLICANCIAS EN LA CONCEPCIÓN DE LA CURA ANALÍTICA por Zaida Avendaño

La construcción del corpus teórico psicoanalítico, en tanto teoría de una praxis, experimentó a lo largo de la obra freudiana sucesivas reformulaciones que respondieron a los fenómenos clínicos, los obstáculos y los límites que Freud encontró en su práctica. En concreto, uno de los fenómenos clínicos que llevó a Freud a introducir nuevos soportes teóricos y reformulaciones en la cura analítica fue la repetición del síntoma en el tratamiento. Así, desarrolló construcciones teóricas tales como: compulsión de repetición, transferencia, resistencia y pulsión de muerte, entre los más importantes. El presente ensayo tiene por objetivo explicar el rasgo esencial del síntoma en la teoría freudiana: su repetición; y precisar las reformulaciones que esta implicó en la dimensión de la cura analítica. Para ello, se enmarcará la repetición del síntoma a la luz de los conceptos antes mencionados, y se explicitarán las implicancias de esta en el desenlace de la cura analítica.

En base a su trabajo con pacientes neuróticos, Freud descubrió que los síntomas tienen un sentido[1] y que, al igual que los sueños y actos fallidos, se pueden interpretar. En esa línea, destacó inicialmente como tarea de análisis descifrar el sentido del síntoma para llegar a la cura: advirtió que, al interpretar y comunicar el sentido del síntoma, este desaparecía. Sin embargo, esa inicial eficiencia interpretativa no se mantuvo por mucho tiempo, ya que, en su práctica clínica, reconoció algo particular del síntoma: la insistencia en su repetición[2].

La repetición del síntoma llamó la atención de Freud como un fenómeno clínico en el tratamiento psicoanalítico en tanto desafiaba los límites de la inicial concepción de la cura. Frente a ello, abordó la repetición y la incluyó en su elaboración teórica como compulsión de repetición. Inicialmente, la ubicó como una manera de recordar lo reprimido y olvidado, que guardaba siempre relación con un fragmento de la vida sexual infantil[3] y que regularmente se escenificaba en el terreno de la trasferencia, es decir, de la relación con el analista (Freud, 1914). En todos los casos el analizado iniciaba la cura con la compulsión a repetir, a revivenciar cierto fragmento de su vida olvidada. A lo que el analista debía cuidar que, a la par, este conserve cierto grado de reflexión en virtud de la cual esa realidad aparente pueda individualizarse cada vez como reflejo de un pasado olvidado. Para Freud, ello garantizaba el posterior éxito terapéutico.

En función a lo mencionado, el nuevo objetivo del tratamiento para Freud residía en esforzar al máximo el recuerdo y admitir la mínima repetición. Al respecto, advirtió que, si se establecía una transferencia positiva, era posible sustituir el repetir por el recordar; mientras que, si se establecía una transferencia negativa, se producían resistencias que comandaban la repetición (Freud, 1914). En ese último escenario, el analizado no solo repetía en vez de recordar, sino que repetía bajo las condiciones de la resistencia: mientras mayor era esta, más era sustituido el recordar por el actuar (repetir).  De ese modo, la resistencia se servía de la transferencia para obstaculizar el análisis: los síntomas se afirmaban en su repetición, produciendo detenciones en la cura y empeoramientos cuando debían producirse mejorías. En dichas reacciones terapéuticas negativas, el papel del yo, a la luz de la segunda tópica, pasó a ser determinante: Freud (1920) advirtió que, si bien lo reprimido insistía como compulsión a la repetición, la resistencia provenía del yo del sujeto. Al respecto, indicó que lo que la compulsión de repetición le genera al yo -en tanto retorno de lo reprimido que intenta abrirse paso a la consciencia- no es algo más que displacer, puesto que saca a la luz operaciones de mociones pulsionales reprimidas. Tal displacer genera la resistencia expresada en la sustitución del recordar por la compulsión a repetir.

En la experiencia del análisis, Freud constató que la compulsión de repetición revivenciaba, mediante el síntoma, satisfacciones que ciertas posiciones infantiles habían procurado antes a la vida del sujeto, lo cual calzaba en lo teorizado respecto al principio de placer que rige los procesos psíquicos. Sin embargo, lo novedoso para él fue que “la compulsión de repetición devolvía también vivencias pasadas que no contenían posibilidad alguna de placer, que en su momento no pudieron ser satisfacciones, ni siquiera de las mociones pulsionales reprimidas desde entonces” (Freud, 1920, p.20). De hecho, los neuróticos repetían en la transferencia todas las ocasiones indeseadas y situaciones afectivas dolorosas, reanimándolas incluso con gran habilidad: repetían, a pesar del displacer; la compulsión forzaba a ello. En esa línea, Freud ubicó a la compulsión de repetición como “una función del aparato anímico que, sin contradecir al principio de placer, era independiente de él y parecía más originaria que el propósito de ganar placer y evitar displacer” (Freud, 1920, p.31). Así, esta se instauraba más allá del principio de placer, y era más originaria, más elemental, y más pulsional que este.

En función a lo mencionado, Freud entramó lo pulsional y la compulsión de repetición: le atribuyó a esta última un alto grado de carácter pulsional[4]. Esto exigió una nueva definición de las pulsiones que, sin negar la anterior[5] que ya había descrito en su teoría, pusiera en primer plano una naturaleza conservadora no bien reconocida hasta ese momento en las pulsiones: las pulsiones no rigen sólo la vida anímica, sino también la vegetativa, y estas pulsiones orgánicas se revelan como unos afanes por reproducir un estado anterior (Freud, 1933). Agregó que “en el momento mismo en que uno de esos estados, ya alcanzado, sufre una perturbación, nace una pulsión a recrearlo y produce fenómenos que podemos designar como compulsión de repetición.” (Freud, 1933, p. 98). En ese sentido, afirmaba que la repetición en el síntoma respondía a la naturaleza conservadora de las pulsiones.

Ahora bien, poner en primer plano la naturaleza conservadora de las pulsiones, llevó a Freud (1930) a distinguir dos tipos de pulsiones, cuya acción eficaz conjugada y contrapuesta permitía explicar los fenómenos de la vida. Las pulsiones de muerte persiguen la meta de conducir al ser vivo hasta la muerte. Mientras que, el otro grupo de pulsiones, las pulsiones de vida -tanto las sexuales como las de autoconservación- tendrían como propósito “configurar a partir de la sustancia viva unidades cada vez mayores, para obtener así la perduración de la vida y conducirla a desarrollos cada vez más altos” (Freud, 1920, p. 253). En función a ello, si la compulsión de repetición y lo pulsional se entraman en íntima naturaleza, en tanto su “naturaleza conservadora”, la pulsión de muerte sería la que más se afirma en su carácter de pulsión, de fuerza irreprimible y, por tanto, es la que más se relaciona al carácter compulsivo. La pulsión de muerte se expresa como un más allá del principio del placer que encuentra en el empeoramiento y/o en la repetición del síntoma el vehículo para manifestarse como reacción terapéutica negativa, como resistencia.

            En lo sucesivo, Freud amplió el entendimiento de las resistencias en la cura y de la insistencia del síntoma al explicar la lucha del yo contra las mociones pulsionales que incitaban la formación de síntomas. Indicó que “los síntomas son indicio y sustituto de una satisfacción pulsional interceptada, son resultado del proceso represivo” (Freud, 1916 – 1917, p. 326). Es decir, un síntoma se engendra a partir de una moción pulsional afectada por la represión del yo; sin embargo, a pesar de ella, la moción pulsional encuentra su satisfacción en cierto sustituto: uno harto mutilado, desplazado e inhibido, por supuesto. Freud (1926) indica que cuando ese sustituto llega a consumarse, no se produce ninguna situación de placer al yo; en cambio, tal consumación cobra el carácter de compulsión de repetición: el síntoma se forma, se repite y causa displacer.

Es así como la lucha inicial contra la moción pulsional encuentra su continuación en la lucha contra el síntoma; sin embargo, en tanto el síntoma ya se ha formado y no puede ser eliminado, el yo ve necesario avenirse a esa situación y sacarle la máxima ventaja. Freud (1926) indica que el yo – por sus características de tendencia a la reconciliación, ligazón, unificación y compulsión a la síntesis – intenta cancelar la ajenidad y el aislamiento del síntoma y trata de ligarlo e incorporarlo a su organización mediante tales lazos. De esa forma, se adapta al fragmento del mundo interior, representado por el síntoma, tal como suele adaptarse al mundo exterior objetivo, real. En síntesis, “el síntoma se fusiona cada vez más con el yo, se vuelve cada vez más indispensable para este” (Freud, 1926, p.95).

Freud (1926) advirtió que, tras ese proceso, se evidencia algo que llamó ganancia (secundaria) de la enfermedad[6]: el yo obtiene en el síntoma, una satisfacción narcisista de la que estaba privado. Dicha satisfacción viene en auxilio del afán del yo por incorporarse el síntoma y refuerza la fijación de este último. En ese sentido, se explicaban las resistencias generadas cuando se intentaba prestar asistencia analítica al yo en su lucha contra el síntoma. Estas, sin duda, evidenciaban las ligazones de reconciliación entre el yo y el síntoma. De esa forma, el síntoma se afirmaba en su repetición.

A modo de síntesis, Freud (1939) ubicó al síntoma en su obra como un fenómeno neurótico de naturaleza compulsiva que, a raíz de una gran intensidad psíquica, mostraba una amplia independencia respecto de la organización de los otros procesos anímicos adaptados a los reclamos del mundo exterior real y obedientes a las leyes del pensar lógico. Así, la repetición – compulsión de repetición – en el síntoma se instaura más allá del principio de placer en tanto refleja el carácter conservador de las pulsiones que impulsan su formación. De igual forma, la repetición en el síntoma encuentra su expresión más siniestra en la de pulsión de muerte que obstaculiza la cura como resistencia, siendo explicada esta última por la fusión del síntoma – sustituto de la satisfacción pulsional – con el yo.

En función a todo lo mencionado, Freud analizó las implicancias de la insistencia en la repetición del síntoma en el curso final del tratamiento. Al respecto, ubicó dos condiciones para el fin del análisis: la primera, en relación con el síntoma y el fin del padecimiento que trae aparejado: “que el paciente ya no padezca a causa de sus síntomas y haya superado sus angustias, así como sus inhibiciones” (Freud, 1937, p. 222). La segunda, en relación con el fin de la repetición: “que el analista juzgue haber hecho consciente en el enfermo tanto de lo reprimido, esclarecido tanto de lo incomprensible, eliminado tanto de la resistencia interior, que ya no quepa temer que se repitan los procesos patológicos en cuestión” (Freud, 1937, p. 222).

Freud advirtió que ambas condiciones, relacionadas al síntoma y su repetición, implicaban una satisfacción en juego: la satisfacción de la pulsión. En ese sentido, destacó la intensidad de las pulsiones como un obstáculo para la cura y el fin del análisis: el factor cuantitativo de la intensidad pulsional pone un límite en la eficacia de la experiencia analítica, ya que la pulsión es ineliminable, constitucional (Freud, 1937). Advirtió Freud que la pulsión solo puede ser domeñada, es decir, admitida en su totalidad dentro de la armonía del yo, para ser asequible a toda clase de influjos por las otras aspiraciones que hay en el interior de este, y ya no seguir más su camino propio hacia la satisfacción. Sin embargo, destacó que en el análisis el domeñamiento pulsional implica un punto de fracaso: no es sin restos; en ese sentido, el resto pulsional se presenta también como obstáculo a la curación. En conclusión, la pulsión, que se satisface en el proceso de formación y repetición del síntoma, hace de límite a la experiencia analítica.

De esta manera se intentó hacer un recorrido de la obra Freudiana que explique la repetición en el síntoma. Al respecto, se evidenció la importancia de realizar ese recorrido por los conceptos de compulsión de repetición, transferencia, resistencia y pulsión de muerte. De igual forma, se evidenciaron los cambios en la teoría, y la consecuente implicancia en la práctica analítica a raíz de los cuestionamientos que la repetición del síntoma ofrecía.

Zaida Avendaño (Participante del CID-Lima)

Referencias Bibliográficas

Freud, Sigmund (1893/1895). “Estudios sobre la histeria”, en Obras completas (Vol. 3), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1905). “Tres ensayos de una teoría sexual”, en Obras completas (Vol. 7), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1914). “Recordar, repetir y reelaborar”, en Obras completas (Vol. 12), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1915). “Pulsiones y destinos de Pulsión”, en Obras completas (Vol. 14), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1916-1917). “El sentido de los síntomas (Conferencia 17)” y “Los caminos de la formación del síntoma (Conferencia 23)”, “El estado neurótico común (Conferencia 24)” en Obras completas (Vol. 16), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1920). “Más allá del principio del placer”, en Obras completas (Vol. 18), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1923). “El yo y el ello”, en Obras completas (Vol. 19), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1926). “Inhibición, síntoma y angustia”, en Obras completas (Vol. 20), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.

Freud, Sigmund (1937). “Análisis terminable e interminable”, en Obras completas (Vol. 23), Buenos Aires, Argentina, Amorrortu, 2001.


[1] El sentido de los síntomas fue ampliamente desarrollado por Freud a la luz de la primera tópica en obras como Estudios sobre la histeria (1893/1895), y específicamente en la 17º de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917).

[2] La insistencia en la repetición del síntoma, y la expresión de otros fenómenos neuróticos que no encontraban su inscripción en lo formulado en la primera tópica, marcó un segundo momento en la obra de Freud: lo llevó a ampliar su teoría conduciendo a la formulación de la segunda tópica.

[3] Freud desarrolla ampliamente lo referente este tema en Tres ensayos de teoría sexual (1905).

[4] Freud desarrolla esta particularidad en Más allá del principio de placer (1920) y también en Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933).

[5] Véase Pulsiones y destinos de pulsión (Freud, 1915).

[6] Freud desarrolla ampliamente este tema en la 24º de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917).

2 de febrero de 2022

ENTRE EL DELIRIO Y LA MUERTE por Daniela María Weilg La Torre

 

En De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis, Lacan (1955-56/2008) señala que en el caso de Schreber se trata de “un desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto” (p. 534). ¿A qué se refiere Lacan con “la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto”? ¿Qué nos enseña esta frase acerca de la psicosis? Intentando encontrar respuestas, puntualizaré algunas ideas acerca de la relación del sujeto con el ser, el lenguaje y la vida en el caso Schreber. 

Salvador Dali - Sin titulo

El planteamiento freudiano sobre el Inconsciente cuestiona al hombre sobre su lugar en el Universo y pone en evidencia que uno “ni siquiera es amo en su propia casa” (Freud, 1916-1917/2012, p. 261) pues ello piensa. Se trata de Otro escenario desde donde el sujeto se puede plantear la pregunta por su existencia: ¿Qué soy ahí? referente a su sexo y la contingencia de su ser (Lacan, 1955-1956/2008). Para Lacan, “esa pregunta por su existencia baña, sostiene, invade y desgarra al sujeto por todas partes… Es a título de elementos del discurso particular como esa pregunta en el Otro se articula” (p. 526). Pregunta, así como intentos de respuesta, con las que el sujeto armará el sentido de su existencia.

¿Qué le puede haber pasado a Paul Schreber para que de pronto su vida haya sido violentamente resquebrajada? ¿Qué pasó con su castillo de naipes? El desencadenamiento de su psicosis coincide con momentos importantes en su carrera de juez, como su candidatura al Reichstag y la toma de cargo de presidente del Superior Tribunal de Dresde. Lacan (1955-1956/2008) plantea que la condición esencial de la psicosis es la forclusión del Nombre-del-Padre, donde al ser llamado, responde en el Otro “un puro y simple agujero, el cual por la carencia del efecto metafórico provocará un agujero correspondiente en el lugar de la significación fálica” (p. 543). Podemos suponer que en esta situación Schreber invoca al Nombre-del-Padre y se encuentra con un abismo, un agujero, Un padre real. No hay un efecto de significación, no hay poesía, no hay creación.

Este resquebrajamiento de lo simbólico trae consigo una catástrofe del eje imaginario y, en consecuencia, el campo de la realidad de Schreber se ve afectado. Los fenómenos elementales en Schreber dan cuenta de que se encuentra con este abismo en la cadena significante. Experimenta la perplejidad ante un crujido en la pared de su alcoba que insiste con la certeza de que le concierne a él. Aparecen alteraciones en la experiencia que tiene de su cuerpo, como se observa en el informe de 1889 del director del asilo de Sonnestein (citado en Freud, 1911-1913/2012, p. 14),

Al comienzo de su estadía allí, él exteriorizó más ideas hipocondríacas, se quejaba de padecer de un reblandecimiento del cerebro, decía que pronto moriría, etc.; luego ya se mezclaron unas ideas de persecución en el cuadro clínico, basadas en espejismos sensoriales, los cuales, sin embargo, inicialmente se presentaban más aislados, al par que imperaban un alto grado de hiperestesia y gran susceptibilidad a la luz y al ruido. Luego se acumularon los espejismos visuales y auditivos, que, sumados a perturbaciones de la cenestesia, gobernaron todo su sentir y pensar; se daba por muerto y corrompido, por apestado, imaginaba que en su cuerpo emprendían toda clase de horribles manipulaciones; y, como él mismo lo declara todavía hoy, pasó por las cosas más terribles que se puedan imaginar, y las pasó en aras de un fin sagrado. Las inspiraciones patológicas reclamaban al enfermo a punto tal que, inaccesible a cualquier otra impresión, permanecía sentado durante horas totalmente absorto e inmóvil (estupor alucinatorio), y por otra parte lo martirizaban tanto que deseaba la muerte: en el baño hizo varios intentos de ahogarse y pedía el "cianuro que le estaba destinado".

Schreber experimenta en carne propia la certeza de estar muerto. Incluso unas voces le dan a conocer la fecha y nombre del periódico donde había aparecido en la rúbrica necrológica (Lacan, 1955-56/2008). Falta el significante del Nombre del Padre, no hay mediación simbólica sobre la muerte. Al respecto, Lacan señala “no hay por supuesto ninguna necesidad de un significante para ser padre, como tampoco para estar muerto, pero sin significante, nadie, de uno y de otro de esos estados de ser, sabrá nunca nada (p. 532).

Más adelante, Schreber experimenta el delirio de la mudanza en mujer y de estar amenazado por actos de abuso sexual y persecución por parte de su médico, los enfermeros del hospital y luego por Dios. Se siente sometido al goce del Otro, aparece como “un hombre solo y débil contra el propio Dios” (Schreber citado en Freud, 1911-1913/2012, p. 19). Schreber experimenta alucinaciones auditivas a través de voces externas que se imponen y que son manifestaciones de que “el sujeto, podría decirse, es hablado más que habla él” (Lacan, 1953/2008, p. 270).

Siguiendo la figura del tramoyista de Lacan (1958/2008) en La dirección de la cura y los principios de su poder, el caso de Paul no se trata de un neurótico que sirviéndose del lenguaje hace de tramoyista y se representa en una escena como objeto del Otro, sino que hace de títere vivo y es él mismo objeto del Otro. Esta idea va en la línea con lo que Lacan (1969/1988) plantea en Dos notas sobre el niño acerca de cuando el niño se convierte en objeto de la madre:

Cuando la distancia entre la identificación con el ideal del yo y la parte tomada del deseo de la madre no tiene mediación (la que asegura normalmente la función del padre) el niño queda expuesto a todas las capturas fantasmáticas. Se convierte en "objeto" de la madre y su única función es entonces revelar la verdad de este objeto.

El derrumbamiento imaginario que tan bien captó Freud como sepultamiento del mundo en Schreber, no tardará en arreglárselas para reconstruirse a través del delirio y el Ideal de ser la mujer de Dios. Paul Schreber liga la feminización de su cuerpo con la copulación divina, lo cual le permitirá redimir al mundo y devolverle la bienaventuranza. La construcción de este edificio delirante pone cierto orden en el sujeto, y el significante y el significado se estabilizan en la metáfora delirante (Lacan, 1955-56/2008), de tal manera que Schreber puede volver a vivir dentro de él (Freud, 1911-1913/2012).

Si bien este edificio delirante aparece absolutamente compacto, consistente, inquebrantable pues funciona a modo de certeza, supone una reconstrucción que vivifica a Schreber. Respecto de esta reconstrucción, Freud (1911-1913/2012, p. 63) señala: 

Tras la catástrofe, ella se logra más o menos bien, nunca por completo; una «alteración interior de profundo influjo», según las palabras de Schreber, se ha consumado en el mundo. Pero el hombre ha recuperado un vínculo con las personas y cosas del mundo, un vínculo a menudo muy intenso, si bien el que antes era un vínculo de ansiosa ternura puede volverse hostil.

No cabe duda de que muy fácilmente puede caerse el castillo de naipes del psicótico y este darse por muerto y corrompido, pero aquel encuentro con el lenguaje es siempre una posibilidad de encontrar nuevos arreglos para seguir viviendo. En palabras de Lacan (1957/2008, p. 476):   

Sin duda la letra mata, como dice, cuando el espíritu vivifica. No lo negamos, habiendo tenido que saludar aquí en algún sitio a una noble víctima del error de buscar en la letra, pero preguntamos también cómo viviría sin la letra el espíritu. Las pretensiones del espíritu sin embargo permanecerían irreductibles si la letra no hubiese dado pruebas de que produce todos sus efectos de verdad en el hombre, sin que el espíritu intervenga en ello lo más mínimo.

Daniela María Weilg La Torre (Participante del CID-Lima)

Referencias bibliográficas

Freud, S. (1911-1913/2012). Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (caso Schreber). En Obras Completas. Volumen 12. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Freud, S. (1916-1917/2012). 18ª conferencia: La fijación al trauma, lo inconsciente. En Obras Completas. Volumen 16. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Lacan, J. (1953/2008). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Lacan, J. (1955-56/2008). De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Lacan, J. (1957/2008). La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud. En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Lacan, J. (1958/2008). La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos 2. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Lacan, J. (1969/1988). Dos notas sobre el niño. En Intervenciones y textos 2. Buenos Aires: Ediciones Manantial.

LA TRANSFERENCIA Y SU APARIENCIA PARADÓJICA por Romina Simbrón

 

     “(…) habría que ser capaz de guardar cierta sorpresa con respecto a la emergencia del amor, en una actividad que se presenta como científica y terapéutica.” (Miller, 1979, p. 179). 

     La transferencia es un concepto polivalente y uno de los pocos sobre el que hay consenso sobre su importancia. El recorrido freudiano dilucida lo que se le presentó como un embrollo: repetición, resistencia y sugestión; pone en evidencia lo presta que es a camuflarse en su relación a otros conceptos. Su fenomenología es paradójica, una moneda cuyas caras indican valores distintos. 

     Se abordarán dos acercamientos a la transferencia que exponen su carácter paradójico: la transferencia como motor u obstáculo y la transferencia como orientación o extravío. 

Motor u Obstáculo 

     Cuando se hace alusión a la transferencia como motor u obstáculo se da cuenta de su efecto dinámico. Es motor en tanto posibilita el movimiento del análisis y obstáculo en tanto obstruye movimientos posibles, una apertura y un cierre del inconsciente. Si es que hay un movimiento del análisis es precisamente porque hay un movimiento del sujeto. “Un movimiento del sujeto que sólo se abre para volver a cerrarse en una pulsación temporal” (Lacan, 1964, p. 132). 

     Desde esta concepción de transferencia es factible su uso como herramienta para motorizar el análisis, ya que posibilita la conexión del síntoma con la asociación libre y en consecuencia el trabajo analítico (Padín, 2013) aquella conexión no es espontánea, requiere determina presencia, la del analista, que se caracteriza por ser inédita y radicalmente distinta. (Fink, 2007).

     En sus inicios la transferencia es concebida como obstáculo, el recorrido freudiano y lacaniano ha despejado significativamente el camino, siendo importante conservar la premisa de que la transferencia más que ser un obstáculo en sí misma, puede convertirse en uno, dependiendo cómo se posicione el analista frente a esta, cómo la concibe, cómo la maniobra. 

     Sobre el manejo de la transferencia Freud menciona que “le abrimos la transferencia como la palestra donde tiene permitido desplegarse con una libertad casi total y donde se le ordena que escenifique para nosotros todo pulsionar patógeno” (Freud, 1914, p. 156).   

     En una línea similar, Lacan (1958) afirma que el analista paga con su persona prestándola como soporte de los fenómenos transferenciales. “La comparación que puede hacerse entre el analista y un basurero se justifica” (Lacan, 1955-56, p.47). Al ser receptáculo del discurso del analizante cuyo valor dudoso desconoce aún más que el analizante, los sentimientos que surjan en el analista además de ser superados deben ser suprimidos de su práctica (Lacan, 1955-56). 

     El verdadero obstáculo sería que el analista priorice su persona, sus afectos, su saber particular sobre la clínica, aplastando el saber que importa, el saber del inconsciente del analizante. En resumen, que sea o no un obstáculo depende de si se está sosteniendo o no el deseo del analista.

     La posición del analista es la más responsable de todas, al tener a su cargo la operación de introducir una conversión ética radical: al sujeto en el orden del deseo.

(Lacan, 1965). “Entendemos la lógica del deseo ligada al movimiento, la creación y la novedad. La creación ex-nihilo parte de la nada del significante, de la interrogación, y no de las respuestas.” (Mascheroni, 2015, p. 46).  

    Por lo tanto, la dirección del análisis no podría estar supeditada a un ideal, ni el analista pretender tener un saber a priori sobre el analizante, bajo esa lógica cada caso requiere ser leído como si fuera el primero, en su novedad, en su singularidad, “suspendiendo” los saberes particulares que se han adquirido sobre la clínica.

Orientación o Extravío 

      Creemos sin embargo que la transferencia tiene siempre el mismo sentido de indicar los momentos de errancia y también de orientación del analista, el mismo valor para volvernos a llamar al orden de nuestro papel: un no actuar positivo con vistas a la ortodramatización de la subjetividad del paciente. (Lacan, 1951, p. 220)

     Los principios que rigen la dirección del análisis requieren determinada posición del analista frente a la subjetividad desplegada por el analizante. No hay pregunta por la transferencia que pueda dejar fuera la pregunta por el analista. Esa posición va a determinar una orientación o un extravío respecto a la dirección del análisis. Paradójicamente aquella “dirección de la cura” no está plagada de furor sanandi, sino que apunta a provocar un deseo de saber. 

     En el texto “Intervención sobre la transferencia” (Lacan, 1951) propone una forma radicalmente distinta de entender la transferencia y contratransferencia. La forma en boga de aquella época era concebir la contratransferencia como producto de la transferencia del analizante, mientras que la transferencia se define como la repetición de los objetos primarios del analizante en la figura del analista. Es decir, la transferencia era producción del analizante y el analista no tenía nada que ver con esta, bajo esa premisa se autorizaban a interpretarla. En este texto Lacan da un giro, reordena el orden de aparición transferencial, subraya y resalta lo involucrado que está el analista, siendo la contratransferencia la que activa la transferencia o la reaparición de estos objetos primarios, sin atenuar su crítica define contratransferencia “como la suma de los prejuicios, de las pasiones, de las dificultades, incluso la insuficiente información del analista” (p. 219). 

     En el inicio del texto va dejando indicios de su propuesta, afirma que “la experiencia analítica debe comprenderse que se desarrolla entera en esa relación sujeto a sujeto” (p. 210), reafirma su idea señalando que incluso cuando el analista no interviene, tan solo su presencia aporta la dimensión de diálogo. No deja vía para que la pregunta por el analista se escurra. 

     Su siguiente paso es comprender la naturaleza de la transferencia como experiencia dialéctica, cuya orientación de su curso la proveen sus propias leyes de gravitación: la verdad. Lo ejemplifica a través del caso Dora. Hay “inversiones dialécticas” por parte del analista y “desarrollos de la verdad” por parte de la analizante. En un primer momento el analizante tiene determinada verdad sobre su padecer o queja (desarrollo de verdad), el analista interviene (inversión dialéctica) generando “una escansión de las estructuras en que se trasmuta para el sujeto la verdad” (p. 212) que toca tanto su comprensión como su posición en tanto sujeto. La inversión dialéctica provocará un nuevo desarrollo de la verdad.      

     En ese sentido la transferencia es una brújula, ya que su aparición nos indica lo extraviado que se encuentra el analista, nos indica su contratransferencia. Y en ese mismo punto de extravío, de estancamiento puede volver a orientarse, relanzando el proceso a través de la interpretación de la transferencia. 

      La literatura analítica nos muestra cómo la transferencia es una señal de desorientación de la posición y acción del analista:  

Cambios Rápidos 

     El tránsito rápido de una egodistonia a una egosintonia como producto del analista personificando a un juez, es decir, el analista aprueba o desaprueba, valora como normal o anormal, correcto e incorrecto. Si algo que el analizante hace, expresa o experimenta le es egodistónico y es valorado como normal por el analista, se puede generar un efecto tranquilizante; por otro lado, si algo que el analizante hace, expresa o experimenta el analista lo valora negativamente, la consecuencia será similar en ambos casos: un tapón al decir del analizante. La detención del despliegue del sentido va a impedir indagar lo que mediante lo simbólico se puede ampliar para posteriormente reducir y localizar de determinado fenómeno. En el segundo ejemplo, es probable que el analizante no mencione más sobre aquello que le fue valorado como negativo, lo cual no significa que eso ha dejado de producirse fuera de sesión. (Fink, 2007)

La Transferencia Imaginaria

      Esta presentación de la transferencia es orientadora al advertirnos donde abstenernos: responder a la demanda. Aunque muchas veces sea inevitable que el analizante espere del analista lo que espera de otras personas ajenas a la situación analítica, “cuando el analista mantiene su posición en forma inconmovible, muchos fenómenos imaginarios tienden a ceder” (Fink, 2007, p.54). A menos individualizado este el analista, hay mejores condiciones para que pueda hacer de “pantalla en blanco”. Si el analista no es un Otro inédito, ocupa el lugar de otro semejante, es decir en el plano imaginario, siendo las relaciones imaginarias fecundas en su producción de rivalidad. Sin embargo, lo que se busca es un atravesamiento de la dimensión imaginaria (cuya clave puede estar en lo simbólico) para esclarecer y modificar las relaciones simbólicas entre analizante y el Otro. (Fink, 2007)       

Acting Out

      Lacan en el Seminario III (haciendo alusión al caso del hombre de los sesos frescos) define acting out como una simbolización prematura, como efecto del abordaje en el plano de la realidad y no en lo simbólico. En “La dirección de la cura y los principios de su poder” agrega que el acting out posee un valor correctivo, el error de Kris fue haber borrado el lugar del deseo, que de por sí ya se encuentra recubierto en el paciente. Agrega que de lo que se trata es de captar el deseo y esto es solo posible a la letra, siendo necesario que el analista sea un letrado. (Lacan, 1958). En el Seminario VIII, lo define como toda acción en determinado momento del análisis en la cual el sujeto exige una respuesta más justa. (Lacan, 1961, p.375). 

     La intervención de Kris apoyada en su realidad descuida tanto la vertiente simbólica como la pulsional del paciente, esta última siempre encontrará una nueva forma de decirse y satisfacerse. El paciente sin percatarse de sus palabras le dice al analista que saliendo del consultorio encuentra en el menú su plato preferido, sesos frescos.  Es decir, el síntoma adquiere una nueva presentación.  

     Para la psicología del yo, el yo es un mediador que produce defensas ante los enemigos: el ello, superyó y la realidad externa. “Puesto que una defensa es una defensa, consideran que es tan legítimo analizar una defensa contra algo relacionado con la realidad externa como analizar una defensa contra un impulso del ello.” (Fink, 2016, p.69)

    Kris y Hartmann consideran que defensa y pulsión son concéntricas (Lacan, 1958), se prioriza la defensa al ser la capa más alta, la más cercana a la experiencia del analizante (Fink, 2016) esto desemboca en que algo de la defensa ceda, mientras que la pulsión no cede solo se desplaza, transmuta. La intervención de Kris descuida la

“reversión pulsional” (Castán, 2007, p.3), se centra en una de las caras del síntoma, la del sentido y no desde el sentido del analizante o como consecuencia de alguna inversión dialéctica, sino desde su juicio, él mismo “comprueba”, él valora que el paciente no ha plagiado. Aunque Lacan afirma que no existe tal cosa como una idea propia en tanto lo simbólico no le pertenece a alguien, indica que una intervención que sí contemplaría lo simbólico sobre el “creer plagiar” del paciente, abordaría la siguiente pregunta: “¿Por qué las cosas del orden del símbolo adquirieron ese matiz, ese peso para el sujeto?”

(Lacan, 1955-56, p.117). Kris prioriza su juicio y no los dichos del paciente, si estos hubieran sido recibidos desde otro lugar, podrían haber desembocado en un nuevo desarrollo de la verdad del analizante más cercano a su singularidad.  

La Interrupción del Análisis

      Lo sucedido a Freud con Dora: cuando se insertan sentidos que no son la verdad del deseo del analizante, sino el prejuicio o contratransferencia del analista. En la lectura que Lacan (1951) propone del caso revaloriza el lugar de la figura de la señora K, mientras que durante el análisis Freud le adjudica centralidad al señor K, centralidad producto de sus prejuicios, interpretando con la finalidad que Dora confiese su amor por el señor K. Freud identifica su error como no haberse percatado de la transferencia de Dora (transferencia de la figura del Señor K en Freud) y no haber alojado su nexo homosexual con la señora K. Mientras que Lacan localiza el error en la

contratransferencia de Freud e identifica en la importancia que Dora le otorga a la señora K una interrogación por su propia feminidad. Esta inserción de sentidos ajenos a la verdad del analizante es sugestión, en algunos sujetos puede generar efectos terapéuticos, es importante preguntarnos si estos efectos no son una apariencia temporal, placebo, en tanto están supeditados a la persona del analista, y no a una rectificación subjetiva. 

Romina Simbrón (Participante del CID-Lima)

                                                                       Referencias

Castán, D. (2007). "El hombre de los sesos frescos" de Ernst Kris. NODVS XXI. Madrid:

Sección Clínica de Barcelona.  

Fink, B. (2007). Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano. Barcelona, España:

Editorial Gedisa, S.A.

Fink, B. (2016). Lacan a la letra. España: Gedisa.

Freud, S. (1914). Recordar, repetir, reelaborar. Obras Completas de Sigmund Freud. Tomo XII (pp. 145-158). Buenos Aires, Argentina: Editorial Amorrortu. 

Lacan, J. (1951). Intervención sobre la transferencia en Escritos 1 (pp. 209-220). Buenos

Aires, Argentina: Editorial Siglo XXI.

Lacan, J. (1955-56). Seminario III: Las psicosis. Barcelona: Editorial Paidós.

Lacan, J. (1958). La dirección de la cura y los principios de su poder en Escritos 2 (pp.

565-626). Buenos Aires, Argentina: Editorial Siglo XXI.

Lacan, J. (1961). Seminario VIII: La transferencia. Buenos Aires: Paidós

Lacan, J. (1964). Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.

Buenos aires: Editorial Paidós

Lacan, J. (1965). Seminario XII. Clase 14. Inédito.

Mascheroni, G. (2011). La dirección de la cura. En El Rey está desnudo: Revista para el psicoanálisis por venir, Número 3, Año 1, p. 43-56. Recuperado de

shorturl.at/alpFI

Miller, J. (2015). Seminarios en Caracas y Bogotá. Buenos Aires: Paidós.

Padín, L. (2013). Modos de La Transferencia: Motor y obstáculo. Documento de trabajo para la Carrera de Especialización en Psicología Clínica con Orientación

Psicoanalítica UBA. Recuperado de  shorturl.at/opJSZ  

TRANSFERENCIA, AMOR Y SABER por Mayra Jara Raymundo

 

Martha, temía que a Freud le aconteciera lo mismo respecto al «tropiezo transferencial» entre Anna O. y Breuer. Freud intenta tranquilizarla… puesto que para que eso sucediera, ella debería ser la esposa de Breuer.

Sin embargo, Martha había captado muy bien que no se trataba de la persona en juego sino de la instalación del Sujeto supuesto Saber, que inevitablemente suscita amor.

María Recalde. Correspondencia 6, X Enapol.

Ilustración: Luciana Capece

Cuando nos preguntamos sobre la transferencia podemos asociarlo al verbo de transferir, lo que ahora hacemos con mayor frecuencia; transferimos de una cuenta a otra, de un lugar a otro, sin embargo, ¿qué significa transferencia en el dispositivo analítico? Para intentar poder responder se recorrerá el amor y el saber, ya que son dos términos que se encuentran estrechamente vinculados.

María Recalde en una suposición del sentir de Martha, prometida de Freud en ese momento, postula que no es de la persona de Breuer el interés que surgió, sino de un saber que encontraba y que esto suscitaba un amor.

Transferencia y amor

Se dirá que la transferencia es el verdadero amor, es el amor que se dirige al analista, a menudo inconsciente. Colette Soler[1]dirá que la transferencia que funciona entre el paciente y el analista se manifiesta en un cariño fuerte, es un amor que espera interpretaciones y que revela algo. Por otro lado Miller2[2], refiere que es un amor automático, un amor artificial pero de la misma condición que el amor verdadero, que se dirige a aquel que pensamos que sabe la verdad.

Para Freud no hay amor que no esté relacionado a un prototipo en la infancia, a los clichés, a las imagos infantiles, siendo estos una repetición del objeto de amor a elegir y que se repite en el ejercicio de la vida amorosa. En la transferencia, el sujeto “transfiere” a la persona del analista sus sentimientos y reacciones que corresponden a una persona significativa de su pasado[3]introduciéndolo a las series de objeto de amor.

Sin embargo el hecho de tratarla solo como una repetición, limita el dispositivo analítico, reduciendo la presencia del analista en una ilusión[4]. Lacan, en la dirección de la cura y los principios de su poder pone de relieve que si la “transferencia en análisis fuera solo una repetición de lo que sucede en las relaciones amorosas, no se podría concebir vía de salida alguna, ningún momento de concluir y ninguna producción de un deseo inédito”[5]. Sería una repetición interminable, sin fin, quedarse en ese lugar.

La transferencia se sostiene como amor al saber, únicamente si encuentra como partenaire al analista, que responde con el deseo y con su posición de ignorancia que no obstaculiza al sujeto supuesto saber; sin embargo, si el analista va más allá del saber y no en un lugar del objeto a, será visto como un ideal[6].

Entonces ¿Qué sería el amor? Amar es dar lo que no se tiene diría Lacan[7]“no hay un don posible más grande, un mayor signo de amor, que el don que no se tiene”. Miller[8] dirá que amar a alguien es creer que amándolo, accederá a una verdad sobre sí mismo; amamos a aquello que esconde la respuesta.

Es por ello que el analizante viene al análisis, para encontrar una respuesta y se dará con la sorpresa que el analista no la sabe y solo con la vía de creer en el inconsciente podrá sostenerse en el tiempo e ir buscando sus propias respuestas.

Cuando hay un saber se ama, pero ¿de qué tipo de saber se habla en la transferencia?

Transferencia y saber

El analista forma parte de la economía psíquica, la transferencia desde sus comienzos nos enseña que el enganche se hace más a un significante que a una persona[9]. Donde hay un agujero en el saber, viene a situarse el sujeto supuesto saber; y ¿qué no es el sujeto supuesto saber? Miller[10] dirá que no es de ningún modo que el analizante imagine que el psicoanalista sabe todo, lo cual podría decepcionar y poner en duda su posición del analista.

La situación analítica, coloca al analista en posición de oyente del discurso que emite el paciente, lo invita a entregarse a él sin omitir nada[11], estando el analista en una posición privilegiada que le otorga un cierto poder sobre la palabra del paciente, a la cual no le corresponde responder. La relación entre el paciente y el analista es disimétrica, ya que uno entrega el material, mientras que el otro lo escucha, lo recibe, lo acoge y en algunas ocasiones lo interpreta[12].

Para Lacan la asociación libre del analizante es la apertura de la transferencia, ya que se entrega y se coloca en la posición de buscar la verdad sobre sí mismo, sobre su verdadero deseo; pero “¿dónde busca la verdad?, la busca al cabo de su palabra, y el cabo de su palabra está allí, en el analista en cuanto gran Otro”[13]. La importancia de no responder a su demanda despliega la palabra, poniendo en acto el  inconsciente, haciendo que él mismo se encargue de encontrarla.

En el matema de la transferencia de Lacan, en la proposición de 1967,  Manzetti[14]lo explica así: “Para que el significante de la demanda se convierte en significante de la transferencia es necesario que tengan un significado específico. Un sujeto afectado por un síntoma, no sabe qué quiere decir, pero tiene la certeza que significa algo”.

Cuando uno presenta el síntoma y cree en el inconsciente, ese significado lo desconoce pero sabe que significa algo y se va a transformar en significante de la transferencia en el momento que haya una certeza de que el vacío del significado del síntoma significa que en algún otro lugar, hay un significado, aunque no sepa cuál. Hay un certeza de que significa algo que le concierne, que es suyo pero no sabe que es, aquí se ha instaurado el sujeto supuesto saber[15].

El analizante cuando narra el suceso que lo hizo venir a consulta está articulando la significación. Cuando habla se conduce por la asociación libre y se va sustrayendo de los límites de lo consciente y da lugar a la equivocación, diciendo algo más de lo que quería decir. Hay una emergencia de significantes reprimidos, que escapa a la significación,  ya que el inconsciente es un significante a la espera de un significado[16].

Hay un otro que sabe y ese que sabe es el sujeto del inconsciente y si es un sujeto tiene un deseo, entonces se le está suponiendo un sujeto al inconsciente, el cual desea y moviliza las acciones. En el análisis se le da un espacio para que se despliegue, ocupando el analista en lugar de objeto a, el lugar de vacío.

Transferencia

La transferencia se ha ido describiendo en el camino de este trabajo, Freud en Dinámica de la transferencia17 postula que surge en toda cura analítica, además de su ambivalencia, de ser la palanca del éxito, el motor de la cura y su más grande obstáculo. Miller18 explica la

transferencia freudiana como el momento en que el deseo del paciente se apodera del terapeuta, en que el psicoanalista -no su persona- imanta las cargas liberadas por la represión.

Se ha tratado de ir más allá, de entender ¿Porque es el verdadero amor? ¿Qué relación tiene con el saber? y cómo estos términos se unen para poder  dar una explicación.

Ahora puedo decir que la transferencia desde el dispositivo analítico, no es solo transferir las repeticiones de la infancia, si no que busca en el analista un saber, una demanda y como en toda demanda hay una falta. Sin embargo, el analista no responde a ello, porque no es él el que sabe, el analizante en su recorrido lo irá descubriendo, irá buscando un sentido a su síntoma, pero ya no con una demanda al analista, si no al sujeto de su inconsciente, a su otro, que es nada más que lo que tiene.

Mayra Jara Raymundo (Participante del CID-Lima)


[1] Soler, C. “Amor en transferencia”, De Inconscientes, 2018, disponible en https://deinconscientes.com/amor-en-transferencia-colette-soler/

[2] Miller, J. “Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?”. Consecuencias revista digitar de psicoanálisis, arte y pensamiento, 2011, disponible en: http://www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/006/template.php?file=arts/alcances/Amamos-a-aquel-que-responde-a-nuestra-pregunta-Quien-soy-yo.html

[3] Hernández, A. El concepto de transferencia en la teoría freudiana y su importancia dentro del dispositivo analítico (2014), disponible en http://heortiz.net/psicoanalisis/transferencia.pdf

[4] Manzetti, R. A M P Scilicet de los Nombres del Padre. Textos preparatorios para el congreso de Roma 13 al 17 de Julio de 2006.

[5] J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958), en Escritos II, Siglo Veintiuno Editores, Madrid 1989, pág. 582.

[6] Manzetti, R. A M P Scilicet de los Nombres del Padre. Textos preparatorios para el congreso de Roma 13 al 17 de Julio de 2006, pág. 354.

[7]Miller, J. Seminario en Caracas y Bogotá. 1° edición en Argentina, marzo del 2015. Paidós, Buenos Aires- Argentina. La transferencia de Freud a Lacan. Pág. 171.

[8]Miller, J. “Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?”. Consecuencias revista digitar de psicoanálisis, arte y pensamiento, 2011, disponible en: http://www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/006/template.php?file=arts/alcances/Amamos-a-aquel-que-responde-a-nuestra-pregunta-Quien-soy-yo.html

[9] Manzetti, R. A M P Scilicet de los Nombres del Padre. Textos preparatorios para el congreso de Roma 13 al 17 de Julio de 2006, pág. 355.

[10] Miller, J. Seminario en Caracas y Bogotá. 1° edición en Argentina, marzo del 2015. Paidós, Buenos Aires- Argentina. La transferencia de Freud a Lacan. Pág. 171.

[11] Ibíd., p.198.

[12] Ibíd., p.198.

[13] Ibíd., p.199.

[14] Manzetti, R. A M P Scilicet de los Nombres del Padre. Textos preparatorios para el congreso de Roma 13 al 17 de Julio de 2006, pág. 355.

[15] Ibíd., p.356.

[16]Tendlarz,S. Sujeto supuesto saber. Publicado en Silicet, volumen preparatorio al VII Congreso de la AMP a realizarse en París, Buenos Aires, 2009.

LA FORCLUSIÓN DEL NOMBRE-DEL-PADRE por Albor Debernardi

 

  ¿Qué quiere decir Lacan cuando plantea que el mecanismo que explica la psicosis es la forclusión del Nombre-del-Padre?


Para comenzar es importante señalar que, a diferencia de Freud, que comienza su elaboración a partir del estudio de la histeria y la práctica con las pacientes que le llegaban, Lacan era psiquiatra y ya tenía una práctica con pacientes psicóticos cuando llegó al psicoanálisis y sentó las bases para los psicoanalistas en el tratamiento de la psicosis. Es así como va a diferenciar a la psicosis de las otras dos estructuras clínicas, la neurosis y la perversión, y se va a interesar por elaborar el mecanismo que la diferencia el cual va a llamar forclusión.

Para abordar el mecanismo de la forclusión, es necesario primero referirnos a la Bejahung y remitirnos al Seminario 3, en donde en un primer momento realiza un recorte del comentario que hace Jean Hyppolite sobre la Verneinung (la negación), “en lo inconsciente, todo no está tan sólo reprimido, es decir desconocido por el sujeto luego de haber sido verbalizado, sino que hay que admitir, detrás del proceso de verbalización, una Bejahung primordial, una admisión en el sentido de lo simbólico, que puede a su vez faltar.”

En función del comentario anterior, es importante resaltar, que, para Lacan, que algo haya sido reprimido “Verdrangung”, primero tiene que haber sido admitido en el registro simbólico. Esta admisión primordial es la Bejahung. Cuando los significantes se admiten primordialmente, después pueden ser reprimidos y reaparecer en forma de síntomas, sueños, lapsus. “Precisamente, el texto de la Verneinung que comentó Hyppolite, permitió articular con precisión que hay un momento que, si puede decirse, es el origen de la simbolización”.

Este origen de la simbolización se puede pensar como un primer momento lógico, en el cual la Bejahung es la afirmación primordial, pero, si hay una afirmación primordial, existe también una expulsión primordial que se opone a la Bejahung, “Ausstossung”, es así como en ese nivel lógico se tiene Bejahung - Ausstossung y después vendría la represión y la negación como fracaso de lo reprimido, en los casos de neurosis.

En el primer nivel lógico en el cual el viviente es bañado por el lenguaje, se admiten, se inscriben significantes y otros se expulsan, Lacan plantea que “en el seno de la Bejahung, ocurren toda clase de accidentes. Nada indica que la primitiva sustracción haya sido realizada de manera adecuada”. Es así como cada sujeto va a construir su propio mundo, va a encontrar sus propias maneras de manejarse en la vida con esos significantes inscritos.

En el primer párrafo que se citó se plantea que existe una admisión en el tiempo de la Bejahung que puede faltar, “Previa a toda simbolización -esta anterioridad es lógica no cronológica- hay una etapa, lo demuestran las psicosis, donde puede suceder que parte de la simbolización no se lleve a cabo”, a partir de lo expuesto por Lacan, podemos afirmar que no es que falte la inscripción primordial de los significantes, sino que hay un significante que puede faltar, es decir, que una parte de la simbolización no se produzca. Y este significante primordial que no se inscribe en la psicosis se llama “Nombre-del-Padre”.

A este mecanismo de no inscripción del significante primordial “Nombre-del-Padre” Lacan lo va a llamar Verwerfung o forclusión, y lo va a plantear como la expulsión primordial, aquello que no se admitió en el registro simbólico.

Con lo cual, el retorno no va a ser del lado de lo simbólico, “todo lo rehusado en el orden simbólico, en el sentido de la Verwerfung, reaparece en lo real”, es así que aquello que es expulsado de lo simbólico retorna en lo real y uno de los efectos de este retorno en la psicosis pueden ser las alucinaciones.

Para finalizar, podríamos preguntarnos, ¿cuál es la función del significante primordial “Nombre-del-Padre”? Cuando el viviente es sumergido en el baño del lenguaje, se encuentra sujetado al deseo de la madre, deseo sin límites, está a merced del poder absoluto materno. El Nombre-del-Padre pone un límite a ese goce sin límites, le pone un nombre a ese goce vía la ley paterna que es hacer de una mujer objeto y causa de su deseo.

Por lo tanto, cuando no se inscribe el Nombre-del-Padre, la metáfora paterna falla, porque ha habido un corte en la cadena significante y ¿qué hace que una psicosis se desencadene? Lacan dice que es necesario que ese significante primordial, forcluido, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto. En “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” Lacan se pregunta ¿cómo puede ser llamado el Nombre-del-Padre por el sujeto a un lugar donde nunca ha estado?, esto es un padre real, por Un-padre. La psicosis se desencadena cuando ese Un-padre es llamado donde nunca antes el sujeto lo pudo llamar, ubicándose en una tercera instancia en el eje imaginario que produce el desencadenamiento, por ejemplo, en Schreber se puede ubicar cuando es nombrado presidente de la corte. Es muy importante, en los casos de psicosis poder ubicar este Un-padre, así cuando el sujeto se estabilice poder mantenerlo de alguna manera alejado de futuros desencadenamientos.

Albor Debernardi (Participante del CID-Lima)